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HISTORIA DE LA EDUCACIÓN


07 mayo, 2009

SOCIALISMO Y UNIVERSIDAD ARGENTINA

Publicamos este trabajo con autorización de la autora Ivonne Laus y de la directora de la carrera, Dra. Elsa Emmanuele, por considerarlo un estudio serio y profundo sobre el tema.  El tema es pertinente para nuestro programa de Historia de la Educación y lo proponemos como bibliografía optativa para quienes deseen profundizar sobre estos aspectos.  

JCP

Socialismo y universidad argentina

Proyecto de Trabajo Final de Tesis

 Autora: Ivonne Laus

 Directora: Zulema Morresi

 Carrera PostGrado: Especialización en Psicología En Educación

-Cat C Res. Nº 141/07 CONEAU, Ministerio de Educación CyT-

Facultad de Psicología

Universidad Nacional de Rosario

Año Académico: 2008

1- Título: SOCIALISMO Y UNIVERSIDAD ARGENTINA

2- Fundamentación

Del socialismo a la universidad

Hacia finales del siglo XIX mientras la oligarquía argentina se abastecía y mantenía en el gobierno de la nación, el crecimiento poblacional que sobrevenía en el país gracias a la inmigración -masiva en esos tiempos- comenzaba una modificación estructural de la sociedad y de la cultura argentina. Los inmigrantes, que para entonces duplicaban la población, se instalaron en las grandes urbes portuarias y organizándose principalmente en el comercio y la artesanía, comenzaron a darle forma a la industria mediante la mano de obra.

La progresiva incorporación de estos inmigrantes no sólo engrosaría la densidad poblacional de los sectores medios y populares en Argentina sino que formarían parte también de la educación superior que, en el país, empezaba a desarticularse de la clase dirigente a la que había permanecido fielmente ligada desde la consolidación misma de la oligarquía, aún antes de la formalización del sistema educativo argentino.

El supuesto par antitético sostenido por esta clase dirigente que abría en dos a la educación superior argentina se basaba, por un lado, en un enciclopedismo tradicional, destinado a la elite, que reforzaba sus bases en el gobierno de la nación y, por otro, un tecnicismo dirigido a implantar en el país el desarrollo productivo por medio de la enseñanza. Esta línea pragmática y tecnicista de la educación estuvo orientada a la población en general, esencialmente de clase media, manteniendo al grupo oligárquico en el poder mientras el resto de la población se orientaba hacia el trabajo productivo sin demandar funciones en el gobierno nacional.

Sin embargo, más alarmante que la entrada de estos nuevos sectores a la universidad era la penetración cada vez más significativa de las ideas que junto a sus hombres traía la inmigración. Las ideologías socialistas, anarquistas o comunistas lograron su entrada al país a través de estos inmigrantes que, expulsados de sus países de origen gracias a la expansión del capitalismo europeo, empezaban a concientizarse de su condición de clase oprimida e, inmediatamente, a formar agrupaciones, sindicatos, etc. donde desbordaban las aspiraciones de revolución social.

Diversos agrupamientos de inmigrantes -alemanes, franceses, italianos, así como distintos centros socialistas, el Centro Socialista Universitario, entre ellos-comenzaban a darle forma a lo que sería el Partido Socialista Argentino, fundado finalmente en 1896 en lo que podría llamarse su Congreso constituyente donde quedarían establecidos los estatutos -la “Declaración de principios” y el “Programa Mínimo”- que se constituirían en el núcleo programático de la organización por más de medio siglo. Liderado por Juan B. Justo, comenzaría a funcionar y operar en Argentina una organización que se encontraría atravesada en su devenir histórico por una polaridad característica del socialismo moderno: el reformismo moderado y el ardor revolucionario que ha ido implicando, por lo demás, incesantes tensiones que algunas veces derivaron en escisiones profundas hacia el interior del Partido. “Y la falla genética debe quizás situarse en el carácter inestable y bifronte de su proyecto político, que anudaba un programa inicial de transformación social radical con un modelo de accionar de reforma por integración social”. (Camarero, Herrera: 2005; p. 10)

Si bien estas tensiones han ido caracterizando al socialismo argentino, las mismas encuentran las bases de su producción en la propia historia de las ideas socialistas; ya que “el socialismo moderno, el socialismo como doctrina y como ideología vinculadas concretamente con la sociedad industrial y con el sistema capitalista, nace casi con la misma sociedad industrial y con el mismo sistema capitalista, es decir, con la Revolución Francesa y con el Iluminismo”. (Cappelletti, Ángel: 2007, p.11). La Revolución de 1789 se imprime como un punto de referencia histórico del que emanan distintos posicionamientos y concepciones del socialismo y de la futura revolución en aras de conquistar una sociedad justa.

Y si bien estas posturas encuentran originariamente en Francia a sus principales representantes, ellas adquieren en el devenir histórico de los modelos ideológicos del socialismo moderno, diversas posiciones en el interior de las organizaciones partidarias reproduciendo disensos  y escisiones.

Es la historia misma de las ideas socialistas la que escribe, a través de un siglo, sus propios modelos ideológicos. Siguiendo un estudio de Ángel J. Cappelletti (2007) “Etapas del pensamiento socialista”, estos modelos ideológicos aparecen representados por cuatro pensadores socialistas franceses, marcando etapas que lejos de coagularse en un siglo de historia, se extienden hasta las ideas socialistas de nuestra época.

La postulación de una igualdad social y económica ante una igualdad meramente jurídica constituye la etapa inicial -de los momentos considerados en la obra mencionada- en la historia de las ideas socialistas. Modelo ideológico del socialismo moderno representado por Babeuf y “los iguales”, basado en la postulación de “una igualdad concreta para sustituir una igualdad puramente abstracta”. La misma ya no es concebida únicamente como un principio sino como un hecho que debía situarse en el plano de las realidades económicas.

Inspirado Babeuf, sino desde el inicio, sí en una segunda etapa de su pensamiento en las ideas revolucionarias, gestadas en el seno del pensamiento iluminista, planteaba que si en efecto, la igualdad económica como fundamento de la igualdad jurídica y política no se había concretado, una “nueva revolución se haría necesaria para que la primera no se torne ilusoria y vana”. Este cambio de la estructura económica viene a reflejar aquella revolución de las cosas perseguida por Babeuf y sus adeptos -Maréchal entre los más radicales- quien plantea en su Manifiesto de los iguales, la idea de una segunda revolución o de la revolución verdaderamente social “para tornar real la igualdad proclamada en vano por la precedente revolución política”. Este esfuerzo por materializar el ideal igualitario de la revolución, si bien aparece como una primera modalidad del socialismo moderno, se pueden señalar también en él varios antecedentes del anarquismo moderno.

Un segundo momento del pensamiento socialista puede encontrarse representado por el conde de Saint-Simon en quien, ante el desaliento por los resultados de la revolución política, aparece la propuesta de un socialismo tecnocrático y de un nuevo cristianismo adogmático y ético – social. Este socialismo utópico anuncia una nueva sociedad basada en la justicia que devendría de una nueva era histórica; historia que sólo se explica a través de las contradicciones de clases -concepto definido clara y funcionalmente posteriormente por Marx-. Estas contradicciones, sin embargo, no se superarían mediante la creación de una sociedad sin clases sino por medio de la armonización en una sociedad de justicia policlasista.

Dicha sociedad, se contraponía a la idea de una sociedad que, expresada idealmente en el derecho, utilizara a la mayoría de los hombres en beneficio de unos pocos; por una, cuya finalidad fuera utilizar a la naturaleza en provecho de todos los hombres por igual, basada en la cooperación, instrumentalizada por el trabajo y confiada en la asociación; sociedad que sería ante todo igualitaria y que se expresaría en la técnica. El concepto de tecnocracia adquiere, sin embargo, singulares características en Sain-Simon; en primer lugar, porque la técnica tiene como objeto la acción de los hombres sobre las cosas y no el dominio sobre los hombres y, en segundo término, porque este poder sobre la naturaleza, llevado a cabo por los “industriales” (los técnicos) obtendría como consecuencia un cambio tal en las relaciones sociales que haría superfluo todo gobierno propiamente dicho.

Preocupado en un primer momento por la idea de estructurar una ciencia unificada que domine bajo una misma ley suprema los fenómenos sociales y naturales, dedica su atención en un momento posterior a los problemas históricos y sociales. Dos secretarios lo acompañarán más tarde: Agustín Thierry y Augusto Comte.

El Estado, considerado como una organización jerárquica y coactiva por los socialistas utópicos, irá extinguiéndose paulatinamente a medida que la técnica se expanda y que la economía pase a ser dirigida por los técnicos. No se trata entonces de destruir el Estado mediante la revolución ni de minimizarlo mediante la legislación (como pretendían los liberales y el mismo Saint-Simon en una primera época), no se trata tampoco de abandonar la idea de Estado como consecuencia de una revolución proletaria que haya extinguido las contradicciones de clases. “Se trata más bien de hacerlo superfluo mediante la sustitución de un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, de tornarlo obsoleto haciendo de la sociedad humana una asociación de trabajadores y técnicos.”

Si se corriera el riesgo de la aparición de una clase dominante basada en una tecnocracia en sentido estricto y el Estado, lejos de desaparecer, se fortaleciera al manejar los enormes recursos de la técnica[1], habría en la historia de Occidente otra forma de organización social basada en la razón y el amor, la cual aparecería como diametralmente opuesta a una supuesta sociedad coactivamente organizada por obra de la fuerza material. Esta otra forma de organización social, este anti-estado lo constituía, para Saint-Simon, la Iglesia cristiana.

Las ideas sociales vinculadas al socialismo utópico, si bien imprimen en Luis Blanc sus huellas, empiezan a quedar supeditadas con él al socialismo reformista y parlamentario, constituyendo un tercer momento en los modelos ideológicos del socialismo. Para Blanc, como para los viejos republicanos, las reformas sociales deben realizarse a través del Estado democrático y la acción legislativa; instrumento para iniciar el tránsito hacia la sociedad socialista. Lejos del ardor revolucionario -asemejándose en ello a los socialistas utópicos-, y cercano a la razón y a la pedagogía social, Blanc cree fervientemente en una nueva organización del trabajo que acabe con la libre empresa y la competencia, a las que considera causa esencial de la gran desocupación y de la continua baja de los salarios de la época. Otra vez de acuerdo con los socialistas utópicos, considera que la sustitución del régimen de la libre empresa interesa a todas las clases sociales por igual dado que a todas perjudica. Ya en la sociedad capitalista del siglo XIX, “por cada pobre que va empalideciendo por causa del hambre -dirá Blanc- hay un rico que va empalideciendo por el miedo”.

A diferencia de los socialistas utópicos, confía plenamente en el poder transformador del Estado democrático -de la república democrática en las ideas de Blanc- viendo en él el instrumento fundamental de la reforma, asignándole la tarea de promotor de las asociaciones y empresas obreras, al tiempo que legislador de las mismas en un momento inicial.

El advenimiento de la democracia social a partir de la democracia política obtenida por la reforma, iniciada por el Estado y llevada a cabo por los trabajadores, conducirá para el moderado Blanc a una sociedad sin clases donde las relaciones que allí se produzcan estén regidas por la idea de la solidaridad social.

En el extremo opuesto a las ideas reformistas y republicanas de Luis Blanc, y siguiendo la teoría de la dictadura revolucionaria derivada de Babeuf, se encuentra la insurrección de Louis August Blanqui. Según Cole [2], “… Su creencia fundamental estriba en la eficacia de un pequeño partido armado muy disciplinado y organizado para la revolución y destinado a establecer una dictadura que dirigiría la educación del pueblo con vistas a introducir el nuevo sistema social del comunismo”.

Sin alejarse durante toda su vida de la actividad revolucionaria, fue encaminándose decididamente hacia el socialismo, el cual se construía según el mismo Blanqui “con las armas en la mano”. Más cercano al materialismo histórico - considerando al sistema jurídico – político como una superestructura- que a la concepción liberal de los derechos del hombre, considera en primer término a la revolución como un movimiento tendiente a producir cambios políticos, que son los únicos capaces de originar una transformación social y económica. Los mismos consistirían en la toma del poder por el pueblo, que instaurará una república social, y se promoverán por medio de una insurrección armada. La dictadura revolucionaria, por lo demás, no podrá imponer por decreto el comunismo que “debe esperar su advenimiento de las libres resoluciones del país y tales resoluciones pueden nacer solamente de la difusión general de las luces”.

La finalidad esencial de la dictadura revolucionaria consiste en Blanqui, en hacer que el pueblo tome conciencia de sí mismo, de sus derechos y de sus intereses, y hacer posible que realice su voluntad. Convencido de que el saber conduce a la igualdad, dice “El comunismo es la única organización posible de una sociedad extremadamente culta y, por eso, violentamente igualitaria”.

Es así que la configuración de un escenario inexorablemente político a la vez que científico prepara la posibilidad, durante un siglo de historia, de la emergencia del pensamiento socialista moderno o de sus modelos ideológicos representados por estos cuatro pensadores franceses.

Como sabemos, es precisamente el siglo de las luces el que sordamente teje la trama donde dichos modelos van aconteciendo inequívocamente al son del Iluminismo. A partir del siglo XVIII el conocimiento que acompaña a la razón, la luz de la verdad contra una ignorancia afincada en la oscuridad, atraviesa el pensamiento de la época y aún sus luchas: entre naciones, entre clases pero, casi paradójicamente, las luces no dejan ver “algo bastante diferente: un inmenso y múltiple combate no entre conocimiento e ignorancia, sino entre los saberes mismos”. (Foucault: 1996; p. 147). Múltiples saberes que se organizan a través de intentos variados de anexión y de generalización en los que el Estado interviene directa e indirectamente mediante algunos procedimientos específicos tales como la descalificación de pequeños saberes inútiles e irreductibles, muy costosos económicamente; la normalización de estos saberes que dejarán de ser secretos y exclusivos para adaptarse unos a otros, para que sean intercambiables ellos mismos y sus poseedores; el Estado procederá también a la clasificación jerárquica y, por último, a una centralización piramidal de los saberes que permita ante todo su control.

Todo un movimiento de organización de los saberes que requirió de prácticas e instituciones que articularon estas iniciativas en la era de las disciplinas. “Disposición, entonces, -dirá Foucault- de cada saber como disciplina y, además, despliegue de los saberes así disciplinados desde dentro, reparto de los mismos, comunicación y jerarquización recíprocas en una especie de campo global o de disciplina global que es llamada, precisamente, ciencia”. (1996; p. 150)

Es esta genealogía de los saberes la que permitirá abandonar el eje “conocimiento – verdad” sobre el que giraba el iluminismo y reemplazarlo por el eje “discurso – poder” en el que se coloca precisamente la genealogía, ya que, sin dudas, ella posibilitará la indagación de aquel escenario político y científico a un tiempo en el cual se produce la ruptura de la episteme clásica para constituir un nuevo régimen económico y político, el de la episteme moderna.

La genealogía de los saberes nos permitirá pensar el advenimiento del socialismo moderno en los umbrales de la Argentina del siglo XX, en este orden nuevo del saber y del poder. Genealogía que sin pretender explicar el pasado del socialismo, esbozará una exhaustiva indagación de los procesos que lo han hecho posible como una configuración presente en el devenir de la historia. “En palabras foucaltianas, la genealogía consiste, no en describir las verdades de nuestro pasado, sino más bien en descubrir el pasado de nuestras verdades”. (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 79)

Empero, los saberes hasta el siglo XVIII no conocían límites de vecindad, de clasificación o de jerarquización; constricciones que la ciencia impondrá, en tanto policía disciplinaria y campo general de los saberes. Es a partir de entonces que la verdad científica adquirirá un nuevo régimen político y será este nuevo escenario el que posibilitará en Argentina de fines de siglo XIX la emergencia y, más aún, la consolidación de una organización política partidaria por excelencia, con un programa propio que lo presenta como “un agente de modernización de la atrasada Argentina” que “aspiraba a transformar costumbres electorales, legislación, conceptos de administración y gobierno, y a infundir en el país un verdadero espíritu republicano y democrático” (Oddone: 1988; p. 193-194). Pero además, y sobre todo, la lectura que el Partido hacía de la realidad política argentina y que implicaba su transformación económica y social “(pre)suponía una clase nueva, capaz de comprenderlo y actuar científicamente en la vida institucional, para acelerarlo” (Camarero, Herrera: 2005; p. 13).

Un Partido que era considerado ante todo por sus miembros una “escuela de cultura y civismo” y por lo que Justo, su máximo representante, veía con el socialismo “el advenimiento de la ciencia a la política”.[3] El proyecto del socialismo contemplaba la reforma intelectual y moral y “se basaba en una doctrina económica nueva favorable al mayor número”. Un proyecto con un método: “Elevar demográfica, técnica, económica y políticamente al país”. (Justo: 1947; p. 204)

Y mientras Justo veía en el socialismo “un factor de orden y progreso”, José Ingenieros proponía una cultura científica positivista que influiría particularmente en Alfredo Palacios y su propuesta de renovación científica de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata. Propuesta que se encontraría completa en épocas del decanato de Palacios con la implementación de un laboratorio de “Psicofisiología”, destinado a realizar investigaciones sobre el trabajo y el derecho penal[4]. Todo lo que singularizaba al Partido no sólo, entonces, por ser obrero y socialista sino porque contaba con un Programa como agente modernizador del país a la vez que definía su propio accionar como pedagógico y “científico”.

“El advenimiento de la ciencia a la política” que Juan B. Justo veía con el socialismo derivaba quizás en una política de las ciencias en una época cuya racionalidad instrumental se inscribía en el marco del modelo positivista, contradictorio por lo demás, para unos intelectuales y militantes partidarios a la vez que, al tiempo que pregonaban la sociedad socialista, se encontraban inexorablemente atravesados por un discurso científico – filosófico que, excediéndolos, chocaba con sus ideas partidarias.

Paradoja que se inscribe a través de la filosofía y sociología positivista que pretende imponer la forma general de la organización social capitalista como una entidad natural y que, por tanto, impide cualquier pensamiento que conduzca a su cuestionamiento y a su transformación. (Cappelletti, Andrés: 2007) Así, el positivismo, que reafirma su dominio ideológico en la sociedad industrial, aparece sosteniendo filosófica e ideológicamente la realidad presentada por el capitalismo. Paradójica binariedad del pensamiento establecida gracias a estas condiciones de posibilidad planteadas en una época que ha encontrado en la ciencia positiva la razón y la verdad, configurando el suelo teórico - epistemológico que ha nutrido científicamente el avance infalible del capital.

Indagar el devenir de las ideas socialistas argentinas desde las condiciones que posibilitaron su conformación en nuestro país, y así conocer sus diversos usos discursivos, requiere, por tanto, de un pensamiento negativo, dialéctico[5], que nos permita percibir el carácter contradictorio de la realidad que le ha hecho y le hace lugar, no sólo como un partido obrero y socialista, sino en tanto “agente modernizador” que define su accionar “como pedagógico y científico”.

Con todo, si las Luces del siglo XVIII hilvanaron el pensamiento socialista moderno francés; el positivismo del siglo XIX y XX atravesará inexorablemente el pensamiento socialista que se configura en Argentina. Menos distancia geográfica que verdades epocales[6]; estos modelos ideológicos del socialismo moderno influenciarán las ideas socialistas argentinas recién a fines del 1800 y seguramente lo harán sobre un nuevo espacio de poder y un nuevo orden de saber que articulará su advenimiento.

El socialismo argentino, en tanto organización partidaria se construye también, como decíamos, sobre las bases de este saber organizado, sobre las bases de las disciplinas; encontrando la mayoría de las veces el suelo de su producción intelectual en el campo universitario y si bien, la cultura política misma de la izquierda argentina encuentra allí rasgos de identidad, el Partido Socialista lo hace aún más grávidamente en la época de su consolidación como organización partidaria, con el papel jugado por los militantes y dirigentes de procedencia universitaria. Más tarde, “el socialismo vio acrecentadas sus filas por la incorporación de numerosos profesores universitarios y de sectores del movimiento estudiantil, quienes reivindicaron a su vez esa filiación ideológica en su actuación en el propio seno de las universidades.” (Graciano: 2005; p. 273)

La actuación sumamente relevante de dirigentes y afiliados universitarios en la definición de las estrategias políticas partidarias por un lado, y las prácticas académicas llevadas a cabo por los intelectuales del Partido en las universidades por otro, da cuenta de manera explícita del orden discursivo por el que militantes y universitarios se encontraban atravesados.

Sin embargo, la universidad no sólo constituye un lugar privilegiado para el pensamiento de la época sino que a la vez ella misma se convierte en una de las formas de disciplinamiento. La universidad napoleónica también traslada su modelo hasta Argentina, y son estas mismas universidades en su aparición una de las formas del disciplinamiento de esos saberes “polimorfos y heterogéneos” que sólo se comprenderá gracias al progreso de la razón o, más precisamente, detrás de él.

Las universidades napoleónicas adquieren una función de selección de los saberes que se ejerce “a través de esa forma de monopolio, de hecho y de derecho, según el cual un saber no ha nacido si no se formó dentro del campo institucional constituido por la universidad y los organismos oficiales de investigación, el saber en estado salvaje y nacido en otra parte, es automáticamente, sino excluido del todo, por lo menos descalificado a priori”. (Foucault: 1996; p. 151)

Es por ello que no la historia de las ciencias sino la genealogía de los saberes, dará cuenta de unas operaciones políticas y económicas que instauran múltiples y específicas formas de manifestación del poder que producen nuevos órdenes de saber. Aquí, en Córdoba del 1900, cuando se preparaba “la revuelta magnífica” adquirían forma las ideas socialistas por dentro y por fuera de los muros de la universidad.

 

De la universidad al socialismo

 

Nacida nuestra primera universidad de los ecos españoles, y posteriormente influenciada -como todas las de Latinoamérica- por el modelo napoleónico, su orden se rigió según las necesidades del bonapartismo. La clase dirigente encontró en la cúspide del saber organizado un lugar para formarse y reforzarse. El centralismo napoleónico fue encajando paulatinamente en la arquitectura de la Universidad salmantina que se había reproducido en Hispanoamérica con el fin de sostener y aumentar el dominio cultural, territorial y económico de estos países. La formación religiosa resguardaba el poder monárquico y divino desde dentro hacia fuera de la universidad y viceversa.

La relación básicamente armónica de la universidad con la elite gobernante que ella misma formaba fue estableciéndose hasta los inicios del siglo XX, generando largas cadenas políticas que ligaron ambas partes sin dificultad. Los cargos gubernamentales, docentes o de gestión universitaria se yuxtaponían de manera inquebrantable en un marco de legalidad donde la autonomía de la institución se reafirmaba sin tener que ser prácticamente aplicada, dadas las condiciones de homogeneidad entre la clase dirigente y la universidad. Sin fricciones ni conflictos el Estado nutría el marco ideológico de una universidad destinada a la formación exclusiva de cargos dirigentes. La misma clase dirigente que se disponía a la exclusión de cualquier sector de la población en la participación del ordenamiento interno del país encontraba, en y por la educación, una forma específica y satisfactoria de establecer esos pretendidos mecanismos de control.

La Reforma Universitaria de 1918 surgía entre sucesos internacionales de remarcada importancia tales como el estallido de la primera guerra mundial, la Revolución soviética, una vida diaria colmada de sorpresas y adelantos que revolucionaron la técnica y la cultura en aquellos inicios del siglo XX. Allí, en la universidad, todavía se leía filosofía escolástica y medieval.

Fue esta contradicción sumada a una nueva forma de gobernabilidad en el país[7] y a ciertos episodios más o menos fútiles pero específicos de un momento histórico que ya no los admitía lo que permitió a los estudiantes de Córdoba sostener un clima de revolución que desbordaba las sólidas barrancas medievales que encerraban a la Universidad.

 

“Necesidad de autonomía, gobierno tripartito partidario, asistencia libre, docencia libre, régimen de concursos y periodicidad de cátedra, publicidad de los actos universitarios, bienestar estudiantil, extensión y orientación social universitaria, libertad de juramento, nacionalización de las universidades provinciales del Litoral y Tucumán…” (Ciria y Sanguinetti: 2006, p. 37)

 

Constituyeron las proclamas del Congreso del 15 de junio de 1918 (declarado Día de la Reforma) en el que, a pesar de no haber podido ser aprobado el proyecto de gratuidad de la enseñanza superior, se forjaron importantes esquemas de ley y estatutos universitarios que cambiarían a corto y largo plazo las estructuras de la institución universitaria dando paso, por fin, al siglo XX.

Además de las transformaciones económicas que se generaron en el país dada la primera guerra mundial, gran parte del proceso de nacionalización de la identidad política argentina se desarrolló basándose en la democratización de la educación pública y gratuita que posibilitó el acceso de la población inmigrante a las funciones del Estado, aportando al país las ideas de Europa.

El movimiento reformista encontró así causes fuera y dentro de la universidad, en un país que se ilusionaba -al menos por un momento- con los inicios de la vida democrática. Cuando muchos de los jóvenes reformistas devenían hombres socialistas[8], el país volvía a chocar con sus propios límites; su historia y la de la Reforma Universitaria empezaban a con-fundirse.

Deodoro Rocca, uno de estos hombres, dejará escrito en 1933: “La universidad tiene las mismas grietas que el Estado… es casi su sombra”. Lo que el discurso de la época le permitía pensar, le marcaba al mismo tiempo el tope de un impensado que, desde hace tiempo, amerita cuestionamientos: las grietas del Estado se han abierto al límite y en esas rupturas se pierde hasta su propia sombra; dónde resiste entonces -aún con sus inexorables grietas- hoy, la Universidad.

Los efectos más significativos de las políticas actuales en educación superior en Argentina recaen sobre un conglomerado de modificaciones sobre la universidad de nuestros tiempos que la alejan irremediablemente de aquella mancomunidad de estudiantes y maestros que le daba origen en la época medieval; de los principios reformistas que revolucionaron el sistema de educación superior a principios del siglo XX en Argentina y Latinoamérica; de su “época de oro” a mediados de ese siglo y aún del intento de normalización llevado a cabo en la etapa de transición democrática luego de la última dictadura militar.

Así, las modificaciones introducidas por la Ley de Educación Superior de 1995 -que regula al mismo tiempo al sector privado y público, que articula lo universitario y no universitario en una misma norma- dan una falaz imagen unitaria de integración del sistema de educación superior que empezó a encontrar las claves para su articulación en los mecanismos de mercado. Redes entre las que las políticas universitarias encuentran dispositivos mediante los cuales el modelo neoconservador no deja de expresarse y de nutrir a la universidad de nuestros tiempos.

La incongruencia entre la centralización del sistema de educación superior a la vez que la descentralización financiera del mismo ha prohijado a finales del siglo XX en Argentina una aparente desarticulación político – académica o, al menos, ha perseguido firmemente ese objetivo. La reconstrucción política de nuestras universidades se detiene en esa incesante fragmentación de los saberes con la inevitable consecuencia de la competencia individual según la jerarquía y la especialidad[9], sobredeterminada por los procesos de segmentarización del sistema universitario nacional y fortalecida por una revolución científico tecnológica que reconfigura a la educación superior, situándola entre los avatares del desarrollo del mercado a nivel mundial.

Y si bien la apariencia es la de democratizar la educación pública flexibilizando el acceso a ella ampliando la oferta educativa; las políticas neoliberales que administran los sistemas de educación superior en el mundo tienen su punto de partida en países desarrollados bajo el implacable modelo norteamericano desde el que se promueve un mercado internacional de educación superior que destrabe las políticas nacionales y permita la mercantilización del conocimiento. De este modo, la proyección de las políticas nacionales en el desarrollo del mercado mundial de educación superior viene siendo impulsado, desde los años noventa en Argentina, en un marco neoliberal que no agota sus objetivos en intereses económicos sino que al mismo tiempo se dirige hacia la reconfiguración de un sistema universitario disgregado que debilita las estructuras tradicionales de la Universidad pública basadas en la gratuidad, el cogobierno y el ingreso irrestricto.

Las movilizaciones políticas en las universidades argentinas han ido determinando a lo largo de la historia su devenir como instituciones públicas, masivas y democráticas. Los principios reformistas sostenidos a lo largo del siglo XX, vapuleados en diferentes períodos históricos, han conseguido resistir y reforzarse una vez más al finalizar en Argentina la dictadura militar de 1976-1983, iniciando una nueva etapa de politización que acabó en lo que Carlos Cullen (1986, p. 9) ha llamado  “la universidad como botín político.”

Empero, las crecientes políticas de globalización y el avance inexorable del “capitalismo mundial integrado” han lanzado sus redes de poder también a toda Latinoamérica encontrando, en cada Estado particular, singularidades en las que anudarse. La pregnancia de estas políticas globales en la Universidad argentina y su incesante desarrollo dentro del sistema de educación superior está logrando finalmente aquello tantas veces perseguido en la historia de las universidades nacionales por sus gobiernos dentro y fuera de las mismas:

La despolitización estudiantil, la desarticulación de los cuerpos docentes, la fragmentación de los saberes, la disgregación del sistema universitario público – nacional, la integración con las universidades privadas, la presión ejercida desde algunos gobiernos para la incorporación del ingreso selectivo, la posibilidad de arancelamiento y financiamiento por venta de servicios y la mercantilización como articulación inevitable de funcionamiento de todo el sistema de educación superior.

En una época en la que el régimen político de la verdad[10] avala y sostiene los avatares del mercado mundial, la misión de la educación superior se aleja de la producción de conocimientos para ajustarse a la reproducción de las políticas internacionales sustentadas en la mercantilización del mismo, confeccionando nuevas vías de acceso para la obtención de puestos y rangos en el estrecho mercado laboral calificado. La singularidad histórica de la sociedad argentina, ensamblada en la eterna promesa de ascenso social por medio de la educación, habilita la existencia de “nuevos proveedores” de educación superior que garantizan una formación ideológica y cultural acorde a los intereses del capitalismo actual.

Aquellos objetivos que intentan desamarrar lo político de lo académico, presentando una educación superior superadora de los movimientos reformistas que posibilitaron su democratización; se encuentran sin embargo fuertemente determinados por una globalización económica que -en su masividad- impregna las individualidades, las particulariza y las fragmenta. Penetra en las teorías, deambula por los espacios del conocimiento y reduce el tiempo de formación ideológica – cultural de unos estudiantes que se intenta inventar; jóvenes que ya no se agrupen ni se movilicen en función de ninguna revolución, de ninguna reforma, ni siquiera en pos de defender aquello que otras generaciones han conseguido a través de diversas y profundas luchas políticas. “Ni siquiera ardor revolucionario, tan sólo esperanzas mínimas.” (Faye: 1991, p. 16).

Es en este marco histórico político donde intentamos esbozar un mapa sobre la intervención del ideario socialista en la universidad argentina en diferentes etapas del siglo XX, que nos permita determinar no sólo las significaciones más relevantes del término en los discursos emanados en la misma, sino la importancia que el socialismo, en tanto movimiento político, pudiera aportar desde sus ideales reformistas históricos y/o actuales ante el modelo neoconservador que, desde la década del 90, impera en nuestras universidades.

Entrar en el orden de los discursos que hacen hablar al socialismo en la universidad, quizá nos posibilite dilucidar no sólo qué sabemos hoy sobre el socialismo en Argentina dentro de los muros universitarios, sino y fundamentalmente cuáles son precisamente los discursos que nos habilitan a saberlo y hablar de él. Siguiendo, en este sentido, la genealogía foucaltiana que nos interpela, como decíamos anteriormente, a descubrir el pasado de nuestras verdades más que a describir las verdades de nuestro pasado.

Para ello, lejos de reproducir la supuesta discordia entre un discurso político y otro pedagógico, consideramos que es en el interior de un mismo y hegemónico discurso donde se materializan las diversas prácticas sociales que implican y a la vez exceden a la universidad. Disociar ambos términos involucraría la rotura de una trama que es históricamente indisoluble e irreductible a cualquiera de sus categorías: la trama poder – saber; es decir, la circulación de saberes admitidos por esas redes de poder que producen en cada momento histórico la Universidad de cada época. El discurso pedagógico -inexorablemente político- porta y encarna esas singularidades.

Las feroces políticas neoliberales que vienen propagándose sin interrupciones desde la década menemista en Argentina, pretendiendo trocar el Estado por el mercado, persiguen el fin esencial de extirpar la política de todo ámbito social; imperativo que ineludiblemente recae en nuestra universidad.

Como si se tratase de una mera continuidad histórica, la universidad pública reaparece como aquel espacio de dominación reservado otrora para una elite dirigente que hoy resplandece en la masividad pero que ya no gobierna con estruendosas armas políticas, sino que utiliza las herramientas mudas del mercado. Las revueltas contra la Universidad medieval estuvieron planteadas con las mismas estruendosas armas; luchas históricas que devinieron en la democratización de la educación superior. Hoy, cuando ningún movimiento se advierte contra la universidad de mercancía es, probablemente, cuando debemos elucidar cuáles han sido los movimientos políticos reformistas que pugnaron por la democratización de nuestras universidades y, básicamente, cuál es su lucha actual ante la silenciosa mutación de las mismas. Mutación que parece despertar sospechas discretas que recaen en una democracia resentida, selectiva en la distribución de sus bienes.

Consideramos la importancia de conocer y rescatar la relevancia de los sectores y movimientos que aun pugnan por la politización y constante democratización de la universidad de nuestros tiempos mientras el resto de la población universitaria parece estar acoplando sus intereses a los intereses neoliberales: motivación, aptitud, calidad de vida, autoestima, éxito personal, individualidad extrema y plena libertad se han constituido en urgentes metas a alcanzar por cada particular; gajes del nuevo intelectual que emula en esta dictadura del mercado global[11] a la del último régimen castrense y la suya: aquel que vaya a la universidad a estudiar y, solo, sólo a estudiar… La implacable represión de entonces, la implacable urgencia de ahora excusan la participación, la comunidad, la tolerancia, la cooperación o la emergencia de lazos de solidaridad; postulados que a lo largo del siglo XX sostuvieron los universitarios e intelectuales socialistas que intentaron conformar un programa para la transformación de la Universidad[12] a partir del cual ”las casas de altos estudios debían transformarse en centros de creación de una cultura humanista de vinculación latinoamericanista y en el ámbito de formación del ciudadano y del dirigente político del país, en donde la reflexión y los problemas políticos –culturales y económico – sociales (…) tuvieran un lugar privilegiado”. (Camarero, Herrera: 2005, p. 275) Pugnando a través de este programa por la democratización de las distintas esferas de decisión institucional, administrativa y educativa; por la participación estudiantil en el gobierno del las universidades y por la gratuidad de la enseñanza superior.

En esta época de mínimas revoluciones dentro y fuera de la universidad, notablemente adquiere relevancia el pensamiento socialista moderno surgido en Francia a través de la historia de un siglo y sus condicionamientos en la emergencia del socialismo argentino. Materialidad discursiva que podríamos liberar de las palabras de Louis August Blanqui, convencidos con él de que “el saber conduce a la igualdad” y con ello -en mucho, de estos movimientos depende- a la emancipación social.

 

3- Objetivos:

 

-          Puntualizar las intervenciones partidarias del socialismo -previa indagación de los usos discursivos del término- en la universidad argentina durante el siglo XX

-          Indagar las propuestas del socialismo como movimiento reformista ante algunos acontecimientos que produjeron como efecto reformas en el funcionamiento de la universidad.

-          Reconocer indicios sobre las transformaciones del pensamiento socialista en el ámbito de la universidad.

 

4- Referentes Teóricos

 

Los referentes teóricos que enmarcan el presente trabajo intentan presentar una visión -de la problemática aquí tratada- sustentada en un desarrollo teórico que se encuentra de alguna manera articulado por tres puntos de referencia teórico-epistemológicos que consideramos principales: las ideas filosófico-políticas de los pensadores socialistas franceses: Babeuf, Saint Simon, Blanc y Blanqui; el posicionamiento filosófico de la Escuela de Frankfurt y los lineamientos  epistemológicos del pensamiento materialista discontinuista[13].

En el dominio de las indagaciones genealógicas, recurrimos a la idea de poder desarrollada por Michel Foucault, fundamentalmente en sus obras “Nietzsche, la Genealogía, la Historia” (1971), en “Microfísica del Poder”; “La verdad y las formas jurídicas” (1973); “Vigilar y castigar” (1975) “La voluntad del saber” (1976) en “Historia de la sexualidad” y “Un diálogo sobre el poder” (1981) en las que estudia las relaciones de poder que, si bien había estado implícito en sus obras anteriores, es a partir de 1971 donde emerge manifiestamente y que ya no abandonará hasta el fin de su vida.

Asimismo, se nos hace imprescindible transitar la etapa de pensamiento y análisis que este autor denomina arqueológica, para introducirnos a través de ella a la cuestión del saber en su entramado con el poder y la producción de verdad. Tal como advierte Gilles Deleuze en su libro sobre Foucault, “entre el poder y el saber existen diferencias de naturaleza, existe heterogeneidad; pero también existe presuposición recíproca y capturas mutuas, por último, existe primacía de uno sobre otro.”

La primacía del poder sobre el saber se debe a que el primero es irreductible al segundo; por un lado el diagrama y por otro el archivo. Una diferencia de naturaleza entre las prácticas de poder y las prácticas de saber que Foucault explica a través de una “microfísica del poder”, lo micro como otro espacio, “otro dominio, un nuevo tipo de relaciones, una dimensión de pensamiento irreductible al saber: conexiones móviles y no localizables”. (Deleuze: 2005, p. 103). El saber no procede del diagrama pero supone las mismas relaciones de fuerzas de las que el poder depende. Relaciones de fuerzas que si no se formalizasen en las relaciones estratificadas del saber serían en todo desconocidas o prácticamente virtuales. Las relaciones de saber integran a las relaciones diferenciales de poder, las implican pero, al mismo tiempo, estas últimas suponen aquéllas. El poder no sólo expresa una relación de fuerzas[14]; también y fundamentalmente, en relación al saber, produce verdad.

 

“El conocimiento nunca remite a un sujeto que sería libre con relación a un diagrama de poder, y éste nunca es libre con relación a los saberes que lo actualizan. De ahí la afirmación de un complejo poder-saber que engloba el diagrama y el archivo, y que los articula a partir de su diferencia de naturaleza.” (Deleuze: 2005, p. 104)

 

Mientras el ejercicio de poder es condición de posibilidad de un saber, el ejercicio de saber es instrumento de poder. Archivo de saber y diagrama de poder que sin confundirse se encuentran y se integran inevitablemente en la institución.

El dominio de la arqueología remite entonces a una formalizaciones y estratificaciones del saber -discursivo y no discursivo- que en la obra de Foucault se define lejos de la ciencia y cercano “a un saber implícito propio de esta sociedad”. Un saber impensado que, precisamente, “hace posible, en un momento dado, la aparición de una teoría, de una opinión, de una práctica.” (Foucault: 1973, p. 78). Y si este saber es lejano a la idea de ciencia es, justamente, porque la sobrepasa; constituye una de sus condiciones de posibilidad: articula lo que en una época nos es posible pensar. “La interrogación arqueológica se dirige entonces a intentar ‘pensar lo impensado’, aquello que es condición de posibilidad del pensamiento, que tiene, por otra parte, sus propias leyes de constitución y transformación.” (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 83)

Esta etapa arqueológica se completa metodológicamente en La Arqueología del saber, mientras que el recorrido por el tema del poder comienza en Vigilar y Castigar y culmina, “paradójicamente” como destaca Deleuze, en La Voluntad del saber[15].

El problema del poder constituye, como mencionábamos anteriormente, la etapa denominada genealógica y se expresará en tres registros: el de la ley, en tanto prohibición; el de las disciplinas, en tanto normalización y el de la seguridad[16], en tanto regulación.

 

“La ley prohíbe, la disciplina prescribe y la seguridad, sin prohibir ni prescribir, y aunque eventualmente se dé algunos instrumentos vinculados con la interdicción y la prescripción, tiene la función esencial de responder a una realidad de tal manera que la respuesta la anule: la anule, la limite, la frene o la regule. Esta regulación en el elemento de la realidad es, creo, lo fundamental en los dispositivos de seguridad.” (Foucault: 2006; p. 69)

 

Es así que los dispositivos disciplinarios formarán parte desde el siglo XVIII de unos dispositivos de seguridad que, de algún modo, suceden a los primeros pero los involucran, los ponen a su servicio. Mientras los primeros tienden a la concentración y al encierro; los últimos tienden constantemente a la organización y a la amplitud. Así como la disciplina reglamenta hasta -y particularmente- el detalle; la seguridad, apoyada en él, trata de obtener algo que se situará en el plano de la población. Y, por último, al tiempo que la disciplina indica aquello que se debe hacer, codificando lo obligatorio y lo prohibido; la seguridad toma distancia y capta el punto donde las cosas van a producirse, intentando aprehenderlas en el nivel de la realidad efectiva.

Toda una serie de dominios de nuevos objetos de saber -de saberes posibles- se abre gracias al despliegue de un juego de poder cuyas técnicas se dirigen ahora a la población y a sus fenómenos específicos. “Después de todo, el hombre tal como se lo pensó a partir de las llamadas ciencias humanas (…) no es en definitiva, otra cosa que una figura de la población.”

Será durante la primera mitad del siglo XVIII cuando se producirá el desmantelamiento del Estado de policía por intermedio de una serie de problemas tales como la agricultura, la producción, la regulación espontánea de la población, la libertad de comercio y el libre juego de la competencia ya no entre los Estados sino entre los particulares mismos, según el juego del interés individual. Condiciones de una nueva forma de gubernamentalidad, una razón gubernamental, que deja atrás y se opone -casi término a término- con las formas de gubernamentalidad que se dejaba traslucir en el Estado de policía. Crítica de un arte de gobernar que se disloca en el siglo XVIII en función del nacimiento de un nuevo arte, una nueva ciencia de gobernar que encontrará por el lado de la economía y de los economistas las líneas generales de la transformación.

Así como los políticos definían a comienzos del siglo XVII un arte de gobernar que rompía con la racionalidad “cosmoteológica” propia de la Edad Media y aún del siglo XVI, recortando el dominio del Estado del pensamiento medieval y del pensamiento renacentista, constituyendo un pensamiento ordenado en torno a la razón de Estado que, un siglo después, los economistas modificarían por algo nuevo. La razón económica le da un nuevo contenido a la razón de Estado y asigna de este modo, nuevas formas de racionalidad  estatal.

Si bien esta nueva racionalidad económica seguirá asignándose el aumento de las fuerzas del Estado en el marco de unos dispositivos de equilibrio estatal e interestatal; intentará a la vez ciertas modificaciones sustanciales: Opondrá al artificialismo[17] de la gubernamentalidad de policía una nueva naturalidad, una naturalidad específica de las relaciones de los hombres entre sí que dará lugar a la aparición, en el pensamiento de la época, de la sociedad civil. La sociedad como campo específico de naturalidad propia del hombre, será presentada por los economistas en tanto campo de objetos, en tanto ámbito de análisis, en tanto dominio de saber e intervención. “La sociedad civil es lo que el pensamiento gubernamental, las nuevas formas de gubernamentalidad nacidas en el siglo XVIII, ponen de manifiesto como correlato necesario del Estado” (Foucault: 2006, p. 400)

Nueva gubernamentalidad que reivindicará, en el marco de esta naturalidad social, una racionalidad científica en la que “la población como conjunto de fenómenos naturales toma el relevo de la población como agrupamiento de súbditos.”

El advenimiento del socialismo argentino a finales del siglo XIX, sucede bajo el imperio de esta nueva racionalidad gubernamental, según sus modos de concebir la población, sus formas de regularla, sus controles, sus poderes y el dominio de sus saberes.

Es por eso que el trabajo investigativo que proponemos aquí se enmarca en el dominio de la genealogía que nos permitirá pensar el advenimiento del socialismo moderno en los umbrales de la Argentina del siglo XX. Tal como afirmáramos en la Fundamentación (véase pág. 5), la genealogía, sin pretender explicar el pasado del socialismo, esbozará una exhaustiva indagación de los procesos que lo han hecho posible como una configuración presente en el devenir de la historia.

Siguiendo a Michel Foucault y a Gilles Deleuze, los lineamientos teóricos que enmarcarán nuestro proyecto de investigación se articularán en la concepción que dichos autores tienen respecto de la  teoría misma, en tanto “caja de herramientas”, en el sentido de los instrumentos de los que se sirve el teórico para producir unas relaciones siempre fragmentarias y parciales entre ella y la práctica. La teoría se localiza, siendo siempre “relativa a un pequeño campo, aunque pueda ser aplicada a otro más o menos lejano (...) La práctica es un conjunto de relevos de un punto teórico a otro, y la teoría, un relevo de una práctica a otra”. (Deleuze: 1972, p. 8) “Por ello -advierte Foucault, en su diálogo con Deleuze- la teoría no expresará, no traducirá, no aplicará una práctica, es una práctica. Pero local y regional (...) no totalizadora.”

Es decir, la teoría se totaliza cuando adquiere una verdad total, en el sentido de lo absoluto; por el contrario, atendemos a una construcción de la verdad que se presenta siempre relativa, producto de las relaciones de poder de una época, asentándose, a la vez y por ello, en un territorio político.

En este panorama y siguiendo los objetivos planteados, la investigación se inicia con una caracterización histórica y filosófica del socialismo moderno hasta su advenimiento a la Argentina de finales del 1800 y su articulación partidaria en el escenario político-científico de la época que nos lleva hasta la Universidad para indagar, desde allí, el sentido que este mismo escenario adquiere en la posible existencia de una Universidad pensada por el movimiento socialista argentino. Fundamentamos para ello la necesidad de conocer los discursos que hacen hablar al socialismo en la universidad, no sólo para dilucidar lo que sabemos hoy sobre el socialismo en Argentina dentro de los muros universitarios, sino y fundamentalmente cuáles son precisamente los discursos que nos habilitan a saberlo y hablar de él.

Pensamos al socialismo como una organización partidaria progresista con un programa propio diferencial, constituido no sólo como Partido sino también como “un factor de orden y progreso” propulsor de una cultura científica positivista[18], paradoja que nos interpela a pensar desde el posicionamiento propugnado por los filósofos de la escuela de Frankfurt, quienes retoman las raíces hegelianas-marxistas del pensamiento dialéctico, “atento a las contradicciones y los conflictos constitutivos de lo social”. Un pensamiento que, en tanto negativo, “se articula sobre un rechazo fundamental a la conciliación de los opuestos y a cualquier síntesis unificadora o conciliadora.” (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 58)

En este sentido, la supuesta disociación entre un modo de ser científico y un modo de ser político, paradójica y excluyente, no responde a una decisión individual, a una libre elección de ideología política por un lado y de racionalidad científica por otro; no responde si quiera a una disociación de la ciencia y de la política. Es por el contrario, una disyunción que responde a la historia misma de la política de las ciencias, a su discurso y a un momento histórico en el que el vértigo de las mutaciones sociales, producto de la racionalidad instrumental -delegada de la Revolución- comienza en el siglo XIX a transformar la naturaleza misma al tiempo que entiende a la sociedades como entidades naturales. Y básicamente remite también a un momento en el que “la ciencia deja de ser una fuerza crítica y revolucionaria y se transforma progresivamente en una práctica social que (…) sella un vínculo indisoluble hasta el presente con el poder político y económico del Estado y de la sociedad capitalista, al establecer una alianza de creciente poderío con la industria y con la técnica.” (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 38). Época en que el político, el filósofo y el científico son a un tiempo representantes de las funciones del Estado y de las Universidades, producto de los legados de la nueva teoría de la ciencia que adviene con el positivismo y el pragmatismo.

Sabemos que desde entonces la ciencia, como un conjunto de proposiciones neutrales, adquiere el derecho de descubrir y describir los hechos contenidos en la naturaleza como parte constitutiva esencial de un objeto a conocer por un sujeto que, objetivamente, debe desprenderse del proceso mismo de conocimiento. “La razón científica, entonces, se convierte en una ciega razón instrumental, desligada de su dimensión valorativa ética y también política, dedicada a la tarea de proporcionar conocimientos adecuados a fines establecidos fuera de ella misma.” (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 39). Racionalidad científica y gubernamental que indefectiblemente atraviesa los inicios del socialismo en Argentina y que constituye, en parte, sus condiciones de posibilidad.

Así como el Iluminismo acompaña el advenimiento y la consolidación del socialismo moderno durante todo un siglo de historia; el positivismo inexorablemente atraviesa los inicios del socialismo en la Argentina. Puede hacerlo porque él mismo se constituye en soporte sociológico y filosófico de unos saberes disciplinados que, desde el siglo XVIII, conformaron aquel ‘campo global’ llamado, precisamente, ciencia. La sociedad capitalista, nutrida de la filosofía positivista, se presenta entonces -aún en su densidad poblacional- como una entidad natural, reacia a cualquier proceso de transformación.

En este sentido adquiere relevancia la propuesta de Marcuse, desde la Escuela de Frankfurt, sosteniendo que si bien la lógica específicamente económica creaba las condiciones materiales para la revolución, dichas condiciones sólo se volverían revolucionarias a través de una conciencia que las captara y las dirigiera hacia el socialismo. Aquella lógica económica se encontraba particularmente ligada, para este pensador, a una ciencia acrítica, positiva, proveedora de la ideología de manipulación y de la dominación propia del capitalismo. Es definitivamente la transformación en la función de la ciencia lo único que posibilitará para Marcuse cualquier revolución (política, sexual o económica).

Este pensador que confió en un primer momento -tal como los socialistas utópicos-, quizá ingenuamente, en la técnica y en la tecnología como posibilitadoras de la autosuficiencia del aparato económico, abrió en El Hombre Unidimensional (1964) una reevaluación de ese proyecto tecnológico que, gracias a su automatización, posibilitaría la liberación política, concluyendo por el contrario en que:

 

“El método científico, que lleva a la dominación cada vez más efectiva de la naturaleza, llega a proveer así tanto los conceptos puros como los instrumentos para la dominación cada vez más efectiva del hombre por el hombre a través de la naturaleza. La razón teórica, permaneciendo pura y neutral, entra al servicio de la razón práctica. La unión resulta benéfica para ambas. Hoy la dominación se perpetúa y se difunde no sólo por medio de la tecnología sino como tecnología, y la última provee la gran legitimación del poder político en expansión, que absorbe todas las esferas de la cultura”. (Marcuse: 184-185)

 

Este pensamiento de Marcuse, difícilmente hubiese tenido lugar entre aquellos modelos ideológicos del socialismo moderno representado por los cuatro pensadores a los que se refiere Ángel Cappelletti en su libro Etapas del pensamiento socialista. Ni la revolución en pos de una igualdad social y económica propugnada por Babeuf, ante una mera igualdad jurídica; ni la propuesta de un socialismo tecnocrático llevada a cabo por Saint Simon y los socialistas utópicos -que parece coincidir con una primera idea de Marcuse- y que más tarde derivará en la “tecnocracia del segundo imperio”, convirtiéndose los saint-simonianos en “verdaderos pilares del Estado imperial”, alejándolos de los socialistas contemporáneos. Tampoco la democracia parlamentaria y la República como formas políticas para iniciar el tránsito hacia la sociedad socialista de Luis Blanc; ni siquiera la dictadura revolucionaria de Blanqui pudieron constituir un pensamiento revolucionario o reformista que tuviera como blanco la tecnología como forma y como vía de dominación. No pudieron tenerlo, simplemente, porque el régimen político de la verdad no se ensamblaba aún en esta nueva forma de racionalidad científica y gubernamental

Es que el escenario político científico que posibilitó el pensamiento socialista moderno, indefectiblemente ha cambiado. Por entonces se encontraba inexplorada la actual Aldea Global. Metáfora que como cualquier otra, así lo afirmaba Gastón Bachelard, “seduce a la razón” y allí, decía, hace obstáculo epistemológico. La verdad de esta época, nuestra episteme, sufre atravesamientos múltiples y las disciplinas (dedicadas cada vez más a la ortología[19]) no están ajenas a tales entrecruzamientos: del poder, del saber y de la verdad. La ciencia ha alcanzado avances impensados desde aquellos socialistas franceses hasta nosotros, puesto que, por entonces -tal como la conocemos ahora- la ciencia apenas había nacido[20].

Actualmente, el positivismo y el pragmatismo imperantes en la época del advenimiento del socialismo argentino, siguen siendo suelo fértil para unas teorizaciones cada vez apresadas en la verdad y el discurso científico y, como escribe Foucault, “sobre las instituciones que lo producen”. La verdad “es objeto -agrega- bajo ciertas formas, de una inmensa difusión y consumo (circula en aparatos de educación o de información cuya extensión es relativamente amplia en el cuerpo social...); es producida y transmitida bajo el control no exclusivo pero dominante de algunos grandes aparatos políticos o económicos (universidad, ejército, escritura, media)” (Foucault: 2000; p. 143-144)

            Obtiene así la universidad una importancia fundamental en la producción y en la circulación del régimen político de la verdad. Es por eso que en ella se nuclean las transformaciones más relevantes de la sociedad y el suelo político en el que ésta se sostiene. Nuestras universidades que siguen siendo aquellos “grandes aparatos uniformes de saberes, con sus varios planos y prolongaciones, con sus niveles y pseudópodos (…) que tienen, ante todo, una función de selección (…) de los saberes” (Foucault: 1996, p. 150-151) y que como tales responden a los dispositivos de disciplina; están mutando, sin abandonarlos, a grandes aparatos uniformes de mercado, agenciándose nuevas funciones que responden a un neoliberalismo a ultranza y que devienen también en una función selectiva pero menos de los saberes que de la distribución y la regulación de bienes. Una universidad que resplandece también entre los dispositivos de seguridad.

 

6- Metodología

 

En el presente proyecto de investigación se seguirán principalmente los lineamientos teóricos del pensamiento materialista discontinuista expresados por representantes tales como Gastón Bachelard y Michel Foucault. Este pensamiento expresa un racionalismo material en el sentido de que las teorías no se disocian de sus aplicaciones. El conocimiento es así un proceso históricamente determinado, es resultante de una práctica social: “el conocimiento materializa a las prácticas sociales que lo engendran y construyen, y es desde esta perspectiva que una posición epistemológica se adjetiva como materialista” (Emmanuele: 1998)

Nos basamos en la postulación de Bachelard respecto de la necesidad de contemplar, para nuestra investigación y para nuestro marco teórico particulares, los racionalismos que permitan abordarlos en tanto teorías y conceptos específicos, propios de nuestra área de conocimiento. Es decir, apelamos a la noción de epistemologías regionales, descentrándonos de la lógica positivista de pensamiento, apartándonos por tanto del método científico como aquel único medio que, desde la modernidad, se postula para acceder a la verdad científica, intentando renunciar al dogma casi religioso de su existencia.

Dada la concepción positivista de la ciencia, el sujeto de conocimiento, su objeto y La Verdad, algunas veces resulta complejo situarse en una epistemología no epistemológica, en el sentido de movernos de esa delimitación tajante y positiva entre lo que es ciencia y lo que no lo es. Desde un abordaje genealógico se pondera el devenir histórico y se considera a la investigación como prácticas que “siendo siempre diferentes engendran en ese universo en puntos diferentes objetivaciones siempre distintas, rostros; cada práctica depende de todas las demás y de sus transformaciones, todo es histórico y todo depende de todo; nada es inerte, nada es indeterminado y (...) nada es inexplicable; lejos de estar suspendidos de nuestra conciencia, ese mundo la determina” (Veyne: 1984)

Se hace preciso situar los objetos que, desde una visión positivista, aparecen dados, como objetos naturales; en el devenir histórico. Así, se hace imprescindible situarnos en una perspectiva que analice el suelo político, histórico y social en el que se instituyen y sustentan las diferentes prácticas desde las que podemos abordar nuestras objetivaciones. Objetos construidos que no pueden postularse en ningún sentido como naturales ya que, de esa manera, rondaríamos sobre esa ilusión que se teje alrededor del anhelo de Unidad que Gastón Bachelard postuló como uno de los obstáculos epistemológicos, analizando aquel principio que explica, incluye y justifica bajo una misma y única Naturaleza, las más variadas manifestaciones; es decir, las múltiples objetivaciones producidas desde prácticas histórica y políticamente diferentes. Los objetos son tales en relación a las prácticas que engendran y objetivan. Situamos, en este sentido, al socialismo y a la universidad argentina en un devenir histórico.

            Sin intención de analizar al socialismo en tanto Partido en toda su complejidad; indagaremos su representatividad en tanto emergente político y su procedencia en el ámbito político del discurso –sin perder de vista sus condiciones de posibilidad- así como sus transformaciones en relación a la universidad. Para analizar esta construcción y transformación discursiva del socialismo, tomaremos tres acontecimientos que emergieron en períodos relevantes  del siglo XX, tanto en el plano del conocimiento como en el de las políticas de Estado; sucesos que desde lo institucional generaron modificaciones sustantivas en la universidad y en sus modos de funcionamiento.

-          La Reforma Universitaria de 1918

-          La discusión Enseñanza Libre vs. Laica

-          La Ley de Educación Superior 24.521

Con el objeto de reconocer la intervención del socialismo en cada uno de estos acontecimientos, se hará una descripción del fenómeno para introducirnos y profundizar posteriormente en un análisis político que abordaremos desde la materialidad discursiva de los actores socialistas, a través de sus pronunciamientos en la prensa, hasta sus propias producciones intelectuales.

La materia prima, datos o información se obtendrá mediante la recopilación de diversas fuentes documentales tanto sea en bibliotecas como hemerotecas, periodísticas y jurídicas (proyectos, leyes, decretos, etc.), registro descriptivo de episodios o acontecimientos públicos significativos (locales, regionales o nacionales). Este acercamiento bibliográfico mediante diversos manifiestos pertenecientes a diferentes representantes socialistas, volantes, producciones gráficas, prensa, proyectos, etc. constituirá una primera instancia metodológica en la construcción de un corpus conformado a la vez por la formulación de entrevistas a distintos protagonistas, al modo de informantes claves: autoridades universitarias, autoridades partidarias, alumnos integrantes de Centros de Estudiantes de distintas unidades académicas de nuestro medio. Fuentes que, en definitiva, se ampliarán o variarán según los ajustes que la investigación misma requiera durante su ejecución. Dichas entrevistas podrán ofrecernos, desde el presente, una mirada hacia el pasado que no obstante se articulará con los posicionamientos políticos inmersos en la coyuntura actual.

Una vez recopilada la materia prima, se intentará analizar e interpretar la matriz teórico-política de la que emergen esas materialidades discursas del socialismo, su conservación o sus reformas; considerando los decires de diversas figuras representantes del sector y la emergencia de los mismos, así como sus continuidades y transformaciones en los tres momentos histórico políticos abordados en este trabajo; estableciendo la existencia de distintas perspectivas teóricas presentes en el discurso de cada época. Así, el escenario político y científico configurado por el positivismo, el desarrollismo y el neoliberalismo establecerán durante el siglo XX el suelo político y epistemológico para la emergencia de los sucesos antes mencionados: La Reforma Universitaria de 1918, la discusión sobre Enseñanza Libre vs. Laica de mediados de siglo que derivó en la creación de universidades privadas y la ley de Educación Superior 24.521 promulgada por el presidente Menem, previa reforma de la Constitución Nacional, en agosto de 1995.

La emergencia de estos particulares acontecimientos, relevantes en la historia de la universidad argentina y la participación del ideario socialista en la construcción discursiva de cada uno de estos sucesos, nos permitirá realizar una lectura genealógica respecto de las condiciones de posibilidad de los mismos y, por tanto, de los escenarios político-científicos que los sustentaron en etapas específicas del siglo XX y que derivaron en modificaciones tanto en el ámbito legislativo como en los posicionamientos teóricos y científicos.

Dilucidar la especificidad del campo político impregnado, no obstante, del vasto desarrollo disciplinar propio del discurso científico requiere de un abordaje genealógico que permita desenmascarar este discurso así considerado para desanudarlo de sus efectos de poder intrínsecos. La genealogía como “insurrección de los saberes. No tanto contra los contenidos, los métodos o los conceptos de la ciencia, sino una insurrección (…) contra los efectos de poder centralizadores que están ligados a la institución y al funcionamiento de un discurso científico organizado dentro de una sociedad como la nuestra”. (Foucault: 2006b, p. 22)

Si bien consideramos que todo discurso es inexorablemente político, reconocemos la especificidad de un discurso político que produce, en cada época, prácticas sociales diversas de las que emergen diferentes posicionamientos de los protagonistas hablantes, así como múltiples entrecruzamientos disciplinares y discursivos en la articulación teórico-epistemológica y política; articulación en la que intentaremos diferenciar las producciones teóricas anudadas al discurso político imperante  en las distintas etapas históricas estudiadas.

Los escenarios políticos y científicos preparados por el auge del positivismo en los inicios del siglo XX, el desarrollismo de mediados de siglo y el neoliberalismo en la década de los noventa -sin excluirse necesariamente entre sí- constituyen condiciones de posibilidad para la emergencia de tres sucesos profundamente significativos para la historia institucional de la universidad, al tiempo que atraviesan los posicionamientos de los representantes socialistas del sector en tanto sujetos que discurren en ella. Transformaciones y continuidades del ideario socialista -en relación a la universidad- sustentadas por el mismo orden de saber y de poder que rige las supuestas mutaciones y continuidades de un discurso político que se oculta -parafraseando a Michel Foucault-  bajo un ropaje científico.

 

 

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[1] Como plantea Ángel Cappelletti, “los saint-simonianos, que llegaron a constituir la tecnocracia del segundo Imperio, no sólo transitaron vías divergentes a las de los socialistas contemporáneos, sino que, de hecho, llegaron a ser como les reprochaba Blanqui, verdaderos pilares del Estado imperial.” (pág. 52)

[2] En: “Historia del pensamiento socialista”, I, ps. 167-168. Citado por Cappelletti, Ángel (2007, p. 79).

[3] El subrayado es nuestro.

[4] El laboratorio estaría orientado además a definir el derecho como una ciencia social, e introduciendo los métodos de la psicología experimental para la formación de los estudiantes en ramas particulares del derecho.

[5] El pensamiento dialéctico de raíces hegelianas – marxistas que retoman los filósofos de la Escuela de Frankfurt está atento a las contradicciones, a los conflictos que constituyen lo social; postulándose así como un pensamiento negativo que se basa, fundamentalmente, en el rechazo a la conciliación de los opuestos o a cualquier síntesis que aspire a la conciliación o la unificación.

[6] Los filósofos de la Escuela de Frankfurt plantean que la ‘lógica de dominio’ propia del sistema capitalista resulta idéntica substancialmente a la lógica de la Ilustración. Dicho término para esta corriente de pensamiento, “deja de designar solamente aquello que habitualmente señala -la cultura  e ideales propios del siglo XVIII europeo- y tiende a convertirse en una categoría que alude al pensamiento moderno en la línea que se inicia con Descartes y Bacon y que, atravesando el mencionado siglo, culmina en nuestros días con el positivismo y el pragmatismo, en sus diferentes versiones”. (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 60)

[7] Los estudiantes cordobeses se encontraban influenciados por la presencia de Yrigoyen en la presidencia y por su forma de gestionar las relaciones entre el Estado y los conflictos de las diferentes clases. Las estrategias del nuevo gobierno inauguraban un estilo de gestión basado en la mediación por vía pacífica, dando tregua a la represión mediada por la policía y el ejército.

[8] Entre otros, Deodoro Roca, Carlos Sánchez Viamonte, Julio V. González, Rodolfo Araoz Alfaro, los hermanos Orgaz, Ernesto Giudici, Alejandro Korn como figura tutelar.

[9] “Las Especialidades -siguiendo a Elsa Emmanuele (2004, p. 63)- han consolidado fragmentos de fragmentos, partículas que advienen en especializaciones tendientes a saber mucho sobre muy poco, dentro de un espacio minúsculo y reducido que se vislumbra lejos de una simple acotación. Las experticidades -saber mucho sobre mucho- no resultan de interés en una sociedad consumista del conocimiento.”

[10] Según Foucault, el régimen político de la verdad hace referencia a los criterios que hacen valer como tales a las verdades, y como plantea Emmanuele (2004, p. 65): “Todo régimen político de la verdad es condición de formación y de despliegue de una política económica social.”

[11] Según una idea de Bauman: 2001, p. 199; Beck: 2002; p. 10

[12] Cuya ejecución fue llevada a cabo durante la dirección del dirigente socialista Alfredo Palacios de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNLP entre 1922 y 1925. Experiencia que alcanzó su máxima expresión en el rectorado que él mismo ejerció en esa universidad entre 1941 y 1943.

[13] Un pensamiento materialista discontinuista “rechaza el supuesto positivista de un desarrollo transparente y lineal desde el saber común hacia el conocimiento científico, a la vez que afirma una ruptura entre un objeto real y su objeto teórico, ineludiblemente ficticio, en tanto construido.” (Emmanuele, 2002, 32)

[14] Incitar, inducir, producir un efecto útil… aclarará Deleuze

[15] Un tránsito teórico que se materializa en el mayo francés y que, según el mismo Foucault, politiza su discurso.

[16] Cuyas técnicas de poder Foucault agrupará más tarde bajo el concepto de Biopolítica, precisamente en La Voluntad del Saber.

[17] No-naturalidad, artificialidad absoluta y ruptura con esa vieja cosmoteología que ocasionó, por otra parte, los reproches ateístas y las acusaciones de herejía que se le hicieron a los políticos de la época, que así rompían con orden natural regido por Dios, propio de la racionalidad del Medioevo y la racionalidad renacentista.

[18] Ver Fundamentación, p. 6

[19] Según Foucault, el término remite a la forma de control que se ejerce a partir de la disciplina

[20] Es necesario tener en cuenta, de todos modos, que los filósofos de la denominada Escuela de Frankfurt plantean que la lógica de dominio resulta idéntica substancialmente a la lógica de la Ilustración. Lógica que, como planteamos en nuestra Fundamentación, regía la racionalidad científica de la época pero que “tiende a convertirse en una categoría que alude al pensamiento moderno en la línea que se inicia con Descartes y Bacon y que, atravesando el mencionado siglo (XVIII), culmina en nuestros días con el positivismo y con el pragmatismo en sus diferentes versiones.” (Cappelletti, Andrés: 2007, p. 60; n 83)