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HISTORIA DE LA EDUCACIÓN


04 mayo, 2009

ROMA: LA MONARQUÍA IMPERIAL

Este texto es para uso de la cátedra. Se basa especialmente en el texto de Bowen, Tomo I, capítulo IX: “Roma: El Imperio” (265-297) así como en otros textos que se citan oportunamente. Los textos originales de autores de la época que han sido consultados se encuentran en su mayoría en la web.

El último siglo de la República. Inestabilidad y conspiraciones

Es difícil trazar una línea divisoria nítida entre las República romana, con sus instituciones de control ciudadano, y el Imperio donde aparece un emperador como figura máxima y Roma se lanza a la conquista del mundo. En realidad, ya durante la República había conquistas territoriales y sometimiento de la esclavitud de los extranjeros, funcionamiento irregular y conspirativo del senado y de los generales; más adelante, el senado empieza a cumplir funciones más decorativas, cuando el poder del emperador se afianza. Es paradigmático el caso de Espartaco, que lideró una gran rebelión de esclavos, en su mayoría tracios, en plena República (siglo I aC). Creemos necesario, desde nuestra óptica contemporánea, designar estos dos períodos con los nombres de república imperial y monarquía imperial, respectivamente. La historia pasada y la actual nos demuestran que las formas republicanas no calman a ningún país poderoso sus ansias expansionistas e imperialistas, proyectando sus tropas, sus instituciones, su cultura y su religión hacia los países vecinos más débiles o menos guerreros. Y sobre tod, si ello significa apoderarse de las riquezas de los territorios conquistados, eso - antes y ahora – es imperialismo.

 

También en este siglo tiene lugar la actuación pública de Cicerón y la conspiración de Catilina, un proceso más o menos largo que incluyó debates en el senado y alzamientos militares y culminó con la derrota y la condena a muerte de Catilina y sus seguidores, y el encumbramiento de Cicerón.

Cicerón era un novus homo (ciudadano sin linaje). Brillante tribuno, dio origen a piezas oratorias famosas, como las Filípicas y las Catilinarias. Estas últimas son un conjunto de cuatro discursos pronunciados en 63 aC, al ser descubierta la conspiración de Catilina para provocar un golpe de Estado. La reacción del Senado fue la declaración del equivalente a nuestro estado de sitio. Cicerón salvó a la República pero se dice que tras su éxito adquiere demasiado poder y empieza a envanecerse, lo cual provoca envidia por parte de algunos elementos del Senado, quizás en parte por su carencia de linaje.

La conspiración de Catilina es un síntoma de la degeneración política de la época. Durante el siglo I a.C. hay numerosas sublevaciones y situaciones de confusión y emergencia.

En esta época, Pompeyo y Julio César (en adelante JC) son artífices de la expansión del influjo romano en el Mediterráneo, Pompeyo conquista el Oriente – es conocida su conquista de Jerusalén y su entrada irrespetuosa en el templo de Jerusalén – y Julio César conquista las Galias (Francia) hacia el Oeste. Como era frecuente, los dos poderosos militares terminarían diputando entre ellos la supremacía. Se resuelve el conflicto a favor de Julio César, quien terminará conquistando Egipto, entrando en contacto con el reino de los Ptolomeos y su reina Cleopatra de quien queda cautivado, llevándola a Roma. Así unifica el mundo romano bajo una autoridad única. 

Es llamativo que el General Urquiza haya ordenado erigir, en los jardines de su palacio en Entre Ríos, cuatro estatuas: la de Alejandro Magno, la de Julio César, la de Napoleón y la de Hernán Cortés. Esto coloca a Urquiza dentro de un linaje de conquistadores imperiales y también permite comprender la dimensión más significativa del romano.

Roma se iba convirtiendo en un imperio, pese a que externamente persistían formas republicanas. César obtiene el título de dictador a perpetuidad.

Julio César es una de las figuras más interesantes de la Historia. Se podrá defender apasionadamente o criticarlo como tirano, demagogo o déspota, pero ninguno que haya leído algo de su vida podría permanecer indiferente. Además de sus propios escritos, como la crónica de la Guerra de las Galias, uno de los testimonios más importantes es el de Suetonio. En un párrafo dice este autor:

LXXIV. Era dulce por naturaleza hasta en las venganzas. Cuando se apoderó de los piratas, de los que fue prisionero, y a quienes en aquella situación juró crucificar, no los hizo clavar en este instrumento de suplicio sino después de estrangularlos. Cornelio Fagita le había dispuesto todo género de asechanzas en la época en que, para librarse de Sila, velase él obligado, aunque enfermo, a cambiar todas las noches de asilo, y no había cesado de inquietarle sino mediante espléndida recompensa: sin embargo, nunca quiso tomar venganza de él. A Filemón, esclavo y secretario suyo, que había prometido a sus enemigos envenenarle, no le impuso otro castigo que la muerte, cuando podía someterlo a espantosos tormentos. Llamado como testigo contra P. Clodio, acusado de sacrilegio y convicto de adulterio con su esposa Pompeya, aseguró no haber visto nada, a pesar de que su madre Aurelia y su hermana Julia habían declarado a los jueces toda la verdad: y como se le preguntaba por qué, pues, había repudiado a Pompeya, contestó: Es necesario que los míos estén tan exentos de sospecha como de crimen. (Suetonio, op. cit.)

César es asesinado en el 44 a.C. Sin duda, pasó más tiempo luchando que gobernando. Es probable que sea uno de los máximos responsables de la conversión de Roma en un Imperio, luego de su larga y sangrienta represión de los habitantes de las Galias.

 

Marco Bruto era hijo de una amante de Julio César, aunque algunos sugieren que era su propio hijo. Bruto se une a un grupo de senadores conspiradores, bajo la sospecha de que el mandatario intentaba convertir a la república romana en una monarquía. Bruto manifestaba convicciones republicanas. César estaba encariñado con él, pero Bruto, como otros senadores, no estaba satisfecho con el estado de la República. Ceśar había sido nombrado dictador perpetuo y había aprobado varias leyes que concentraban el poder en sus manos.

La historia y la ficción, los hechos y las múltiples interpretaciones posteriores se entrecruzan a la hora de hablar del legendario Julio César. Entre las obras que han influido en construir su imagen posterior, es importante el drama de Shakespeare. La muerte de César es quizás la parte más famosa de toda esta obra. César es sorprendido en el Senado. Luego de intercambiar algunas palabras, Casca lo apuñala en la nuca, y los otros le secundan en la acción, terminando por Bruto. César dice en ese momento: ¿También tú, Bruto … hijo mío? ”. Shakespeare adicionó: “Entonces caiga, César”, ciertamente sugiriendo que aquél no quería sobrevivir a tal acto de traición. Los conspiradores, por su parte, alegan en su defensa, que el motivo que generó su proceder fue Roma y no sus propios intereses. Una vez muerto el líder, sin embargo, otro personaje aparece en primer plano como un devoto y mejor amigo de César, Marco Antonio, quien, al pronunciar un discurso sobre el cadáver vuelve a la opinión pública en contra de los homicidas. Marco Antonio hace expulsar de Roma a los traidores.

El sobrino y heredero de JC, Octaviano, junto con Marco Antonio inicia una campaña militar contra los asesinos de JC. Bruto y Casio son derrotados en sendas batallas en Filippos de Macedonia (año 42 aC) y ambos se suicidan. Octaviano y Marco Antonio se dividen el imperio, quedando el primero en Oriente y Marco Antonio en Egipto con el premio de Cleopatra, a quien agasaja con cuantiosos regalos. Pero años después Octaviano los ataca para adueñarse de Egipto (31 aC). Así el imperio queda nuevamente unificado y Octaviano es recompensado como primer ciudadano o príncipe, en realidad un emperador, mereciendo el nombre de Augusto. Con el gobierno de Augusto termina la inestabilidad y comienza la pax romana, que durará dos siglos. Este largo período de paz se instaura dentro de las fronteras del imperio, pacificando las regiones que previamente habían sido escenario de disputas y guerras  como entre ciudades-estado griegas o tribus galas, gracias a una administración y sistema legal, más la vigilancia armada de sus ejércitos.

Aunque Julio César fue en muchos sentidos el primer emperador, aún más tarde con Octaviano / Augusto se mantiene la ficción de las formas republicanas, con una autoridad compartida entre el senado y Augusto: en realidad el sistema republicano desaparece y el imperio romano es un hecho. Aún así, se suele considerar que la época de Julio César y de Augusto es de transición de la república al imperio. Desde otro punto de vista, Roma venía creciendo gracias a una política expansionista e imperialista, sojuzgando cada vez más pueblos vecinos, aún desde la época de la llamada República.

La pax augusta y sus territorios anexados en calidad de provincias – Galia, Hispania, Bretaña, Egipto y Norte de África, Grecia, etc. – requieren de un gran desarrollo de caminos y obras de infraestructura o esparcimiento, desde acueductos a teatros. Todavía perduran muchas de estas obras. Roma empieza a adquirir en el Mediterráneo un papel de transmisora de una nueva cultura, caracterizada por la afirmación de lo latino, un cuerpo de leyes y una administración eficaz. La propia Roma creció en forma notable, tanto en riquezas sufragadas por las conquistas y tributos, como en población. Su población llegó al millón de habitantes. La relativa sencillez del estilo de vida republicano ya era cosa del pasado.

Pero del esplendor de esa época, muchas obras fueron destruidas por el tiempo, las guerras, las invasiones o la desidia. Una excepción notable la constituyen las ciudades de Pompeya y Herculano, paradojalmente preservadas tras su sepultamiento por la erupción del Vesubio ocurrida el 24 de agosto del año 79 dC. Una muerte súbita que las inmortalizó. Dos meses antes había muerto el emperador Vespasiano, quien anteriormente, como general, había encabezado la guerra de reconquista en Judea, por órdenes de Nerón, datos éstos que apuntamos para situarnos cronológicamente. 

 

La cultura popular: libros y bibliotecas

La cultura popular en ascenso y la avidez por  la lectura van creando las condiciones para la aparición de la industria del libro, obviamente manuscrito. Se publicaron muchos manuales educativos, provenientes de las regiones helenísticas, frecuentemente en formato de rollos de papiro, que se podían barnizar con una fina capa de resina de cedro. Así ven la luz los autores griegos y latinos durante el imperio. El papiro era un producto costoso que se importaba de Egipto; los tallos salían de las fábricas transformados en hojas y en forma de rollos. También se usaban los palimpsestos, manuscritos escritos previamente que habían sido raspados o borrados para volver a escribir en la misma superficie, lo cual era una práctica común en las obras de menor jerarquía. Otro material era el pergamino, proveniente de Pérgamo y el papel vitela, una hoja que se caracterizaba por su delgadez, durabilidad y lisura y que originalmente se hacía con piel de ternero. Las pieles de animales eran más fáciles de doblar que de enrollar, dando lugar a un nuevo tipo de libros cuyas hojas se doblaban en cuatro, cociendo luego los bordes izquierdos de varios grupos, como en los libros actuales; en ocasiones se le agregaban cubiertas acartonadas, en forma semejante a los libros hoy comunes.

Otra variedad eran los códices. Codex es la palabra latina para un trozo de madera; la irrupción de esta tecnología supera a los más antiguos rollos de papiro, permitiendo que las hojas se dispongan en forma lisa y paralela, con lo cual lo que contiene escrito no se debe doblar como en los rollos: además se comenzará a usar una cubierta o tapa general, asegurando todo ello una mayor perdurabilidad.

La industria del libro creció: equipos de escribas realizaban múltiples copias de las obras más solicitadas. Los libreros estaban ubicados en una misma zona de la ciudad, adelantando ya la costumbre de aglutinarse de acuerdo al oficio, tan común en tiempos posteriores. El establecimiento de bibliotecas también se incrementó. Sólo quedan ruinas de una de estas bibliotecas: la del foro Trajano, fundada por este emperador en el siglo II.

La existencia de libros, de bibliotecas y de un público de lectores eran consecuencia de la expansión sistemática de la instrucción elemental. En una ciudad tan populosa y de tal importancia política y administrativa, saber leer y escribir era para gran número de ciudadanos un requisito obligatorio. El gran aparato burocrático con sus funcionarios o apparitores y sus diferentes niveles jerárquicos requería al menos de esta educación elemental. Simultáneamente con estas transformaciones sociales, se van produciendo transformaciones en el sistema educativo.

 

Educación y movilidad social (Bowen, pág. 270)

En la llamada época de transición de la Republica al Imperio, el poder se iría concentrando en el emperador y en sus administradores, lo cual requería de una educación adecuada, que a su vez les permitía mayor movilidad social. El oficio de escribiente dentro del ordo scribarum era respetable. La mayoría de estas funciones eran ocupadas por extranjeros, a pesar de que el oficio era socialmente aceptable para las clases altas.

Seguramente esta preeminencia de extranjeros en tareas intelectuales se relacionaría con la origen de los esclavos que Roma incorporaba ya desde el tiempo de la ‘República Imperialista’, donde se sojuzgaba a pueblos de los cuales muchos tenían sus tradiciones culturales: los griegos, los tracios, los helvetius, los habitantes de las galias, etc.

La administración pública romana tenía una estructura compleja. Se distinguían dos estratos: un cuerpo inferior que incluía médicos, arquitectos, adivinos e intérpretes de los augurios, y el cuerpo superior de los escribas, éstos subordinados de los magistrados y llamados colectivamente apparitores, con diferentes funciones y nombres para cada una de ellas.

En la escala social, por encima de las categorías superiores de escribas estaban los caballeros. Pero si éstos tenían mayor ‘prestigio’ y riquezas, los escribas tenían la superiores intelectual y el dominio del conocimiento, por lo cual ambos tenían algo de envidiar o de desear del orden del otro.

 

Estas transformaciones sociales se vieron incrementadas por el incremento de la población y por la práctica de la manumisión.

La manumisión, frecuente en Roma, parece tener sus orígenes en un acto de gratitud, especialmente para con los maestros esclavos. Los libertini o libertos podían parecerse mucho a los ingenui o nacidos libres; si eran extranjeros latinizaban sus nombres, salvo en el caso de los griegos que no solían hacerlo con frecuencia. Si disponían de posibilidades, los libertos mandaban a sus hijos a una educación de clase alta. Muy numerosos eran los libertos dedicados a la enseñanza y se supone que adquirieron un nivel cultural mayor que los ingenui, poco preocupados por saber escribir bien.

Un caso paradigmático entre los libertos fue el padre del poeta Horacio, quizás el más grande poeta lírico y satírico en lengua latina. Horacio había nacido en Venosa (actual Basilicata) en una casa que aún se mantiene como monumento histórico. El padre era un liberto y se preocupó con celo de la educación de su hijo; lo envía primero a Roma y luego a Atenas para completar su educación en Filosofía, tomando contacto con los epicúreos. Tras el asesinato de Julio César, se unió al partido republicano, formando parte del ejército que Marco Junio Bruto, uno de los famosos ejecutores del César, preparaba en Grecia para oponerse a los Octavio y Marco Antonio. El ejército republicano fue derrotado en la doble batalla de Filipos, aunque Horacio pudo volver a Roma gracias a una amnistía. Conoce la noticia de la muerte de su padre y la confiscación de sus propiedades; sumido en la pobreza, consigue trabajo como escribano y se dedicará a la literatura, con mejor suerte que como militar o político. Es un poeta reflexivo, que expresa aquello que desea con una perfección casi absoluta. Los principales temas que trata en su poesía son el elogio de una vida retirada («beatus ille») y la invitación de gozar de la juventud («carpe diem»), temas retomados posteriormente por poetas modernos. Se ha afirmado que, con el paso del tiempo, la admiración a este gran poeta se va a convertir en un auge de sus tópicos en detrimento del mismo autor. Quizás todos conozcamos ‘carpe diem’ por boca del maestro en ‘La sociedad de los poetas muertos’ y no por la pluma de Horacio.

 

Muchos libertos se dedicaban a la enseñanza. Parece que así lograron tener ascendiente con respecto a los provenientes de las clases libres. Pero el nivel general de la educación romana se fue elevando, con una instrucción elemental bastante generalizada y un progreso en los niveles medio y superior. Consecuentes con su espontánea propensión al orden, los romanos decidieron dotar al sistema educativo de una base mucho más sistemática. Eso significaría la definición de una política educativa del Estado.

 

Los inicios de una política educativa

Mientras la educación republicana era independiente del Estado, durante el Imperio se fomenta la creación de escuelas en un sistema estatal, en donde el Estado se compromete cada vez más en los controles. César y su sucesor Augusto impulsaron políticas para retener a los maestros, muchos de ellos griegos. Julio César confiere la ciudadanía a todos los maestros de las artes liberales, para avivar en ellos el deseo de residir en la ciudad y para inducir a otros a trasladarse a ella. La misma política siguió su sucesor, Augusto, quien en la gran hambruna del año 6 d.C., a pesar de haber expulsado de la ciudad de Roma a muchos esclavos, exhime a los maestros y médicos. Augusto también valoraba a los maestros griegos.

El emperador Vespasiano, ya a fines de siglo, libera a los maestros de escuela de pagar las obligaciones municipales, concretamente de tributos y de la obligación de alojamiento de la tropa:

“Puesto que estos hombres son así considerados sagrados y divinos, ordeno que se les exima de la obligación de alojamiento a la tropa en sus casas, y que no se les impongan tributos bajo ningún concepto”274

 

Vespasiano fue el primero en fijar un salario regular para los maestros latinos y griegos de retórica, pagados por el fisco imperial. Parece que el primero en ocupar uno de estos puestos fue Quintiliano.

Las necesidades de alfabetización de la población, y la consiguiente implantación de escuelas de enseñanza elemental en toda la parte occidental del imperio, originaron una gran demanda de maestros. Simultáneamente se empezaría a reflexionar sobre la cuestión metodológica. Si bien hasta entonces los autores que habían escrito sobre educación, Isócrates, Platón, Aristóteles, Catón, Cicerón explicitaban un método: dialéctica en Platón, observación en Aristóteles, etc. ellos sobre todo se referían a la educación superior. No existía un tratado sistemático de la totalidad del proceso educativo. El primero de ellos será la Institutio oratoria de Quintiliano.

Marco Fabio Quintiliano (ca. 35- ca 96 dC)

Original de Calagurris (La Rioja, en la actual España), educado en Roma, ocupará luego la primera cátedra de retórica dotada por Vespasiano. Fue contemporáneo del filósofo estoico Séneca, también nacido en Hispania.

Su obra Instituto oratoria (Instituciones Oratorias) venía a satisfacer una creciente necesidad de formación del profesorado, a pesar de que no era ésta una de las finalidades explícitas de la obra. Pero la riqueza de detalles, abundancia de ilustraciones y documentación muestran la intención de instruir sobre contenidos, métodos y filosofía de la educación, así como de los aspectos teóricos y prácticos de la retórica. Los presupuestos teóricos se derivan de la tradición retórica griega de Isócrates, transmitida por Cicerón en su obra De oratore, precedente inmediato de la obra de Quintiliano y continuador de la Antidosis de Isócrates. La meta final del proceso educativo sigue siendo la formación del hombre experto en el hablar. Fiel a la noción ciceroniana de la bondad moral innata, Quintiliano cifra su ideal en la persona ‘de reputación intachable’ que mediante la disciplina de una educación cabal y completa (enkyklios paideia) se muestra perfecto hasta en los más mínimos detalles. El camino para esta perfección es la educación del orador.

Quintiliano, al defender la retórica, la distingue de otras formas menos éticas del discurso, como la persuasión y el artificio. La retórica es un arte genuino cuando es ejercida por un individuo moralmente bueno, que encamina el discurso hacia fines moralmente deseables.

Si bien la descripción del programa de estudios ideal es prácticamente una reproducción de los esquemas griego y romano habituales, el mérito de la Institutio oratoria reside sobre todo en el reconocimiento del rol del maestro como mediador del aprendizaje y en el intento de aproximarse a una psicología del aprendizaje. El principio socrático de la mayéutica había existido desde hace mucho en teoría, pero por basarse especialmente en la habilidad del maestro para extraer principios y por carecer de una base constructiva, no ofrecía un esquema positivo de instrucción.

Según Bowen, ‘los griegos y los romanos de la república consideraban a la educación como una actividad de tipo recreativo, por lo cual la necesidad de coadyuvar al proceso de la enseñanza no era acuciante; el sistema tendía a la supervivencia de unos pocos tan sólo’ (Bowen, pág 279)

Quintiliano emprende el estudio del carácter del niño y del comportamiento del maestro. Destaca la influencia del ambiente en la formación del carácter y recomienda la escolarización más tempranamente que lo habitual. El maestro ejerce gran influencia sobre los niños, por lo cual debe ser sabio y de carácter, observar la conducta y reacciones del niño, adecuar las tareas a la edad, de modo que las dificultades de la tarea se correspondan con su capacidad de atención y de concentración. Evita la coacción física, pero adhiere a los estímulos positivos: el aliento y el ejemplo personal del maestro conducen al éxito del aprendizaje.

 

Decadencia de la actividad intelectual

A pesar de sus avances en términos de ideales y de contenidos temáticos, y a pesar de cierta humanización de los métodos, la obra de Quintiliano era un exponente de un enfoque educativo que ya empezaba a ser caduco en ese momento, reflejando ideales de una época más romántica que iba pasando de moda. Roma empezaba a ser una sociedad de consumo, satisfecha y sin grandes complicaciones, ni siquiera intelectuales. Así, la filosofía epicúrea adquiere un carácter caricaturesco: el hedonismo pasa a significar placer inmediato y físico, mientras del estoicismo parece quedar solamente la indiferencia y la resignación. Pan y circo es la frase que resume la demanda de una población sin expectativas de superación. De los ideales educativos, parece que la formación del orador era lo único valioso, soslayando la formación en otras artes y oficios. Para otras actividades, estaban los ‘manuales’: contenían lo suficiente para la escasa demanda del público (Bowen 280).

El prestigio de los maestros siguió siendo bajo; aunque más se centraba sobre los litteratores, muchas veces también alcanzaba a los niveles superiores. En la literatura proliferan críticas y escarnios. Existieron escritores que cultivaban el género de la sátira; tal es el caso de Juvenal

Si bien muchos emperadores parecían defender la educación, el sueldo de un maestro podía ser un buen indicio del verdadero interés que suscitaba la educación al imperio; los litteratores tenían un salario tan bajo que debían recurrir a ingresos extras; se cuenta además que los padres hacían a veces maniobras para no pagar al final del período. Los maestros que llegaban a ejercer como gramáticos o retóricos, los que se desempeñaban en los niveles superiores de enseñanza, recibían una paga más razonable.

 

La represión del pensamiento crítico 287

 

Los cambios en la educación romana durante la época imperial irían en el camino de sistematizar la estructura formal y de debilitar los planteos críticos. Las ventajas que el liberto podía obtener con su infiltración en la burocracia imperial tenían su precio; ellos constituyeron un cuerpo dócil. Sólo los ingenui, miembros de familias tradicionalmente libres, o los filósofos formados en Grecia, intentaron mantener los ideales republicanos y la libertad de expresión. Aunque algunos emperadores se mostraban aparentemente tolerantes, comenzó a practicarse la quema de libros y el enjuiciamiento de retóricos hostiles: los más notorios de ellos se suicidaron.

Se produce una hostilidad hacia la especulación y las creencias de nuevo tipo, desterrando a los filósofos y persiguiendo a la secta hebrea de los cristianos.

A lo largo del siglo II el vigor de Roma había desaparecido y su cultura ya era caduca. A pesar de ello, las formas y prácticas de la educación iniciadas en el período republicano, explicitadas por Catón y Cicerón y racionalizadas por Quintiliano, siguieron vigentes. Pero predominaron cada vez más el verbalismo y el estilo amanerado. La censara del pensamiento especulativo y crítico, y la concomitante docilidad de los libertos arribistas, condujo a una decadencia profunda: lo más notorio fue la producción de un nuevo género de literatura de segunda mano.

 

 

La tendencia al enciclopedismo 289

A lo largo de los siglos de imperio, el saber romano fue codificándose y organizándose de modo sistemático. Este proceso se había iniciado con Aristóteles, pero los romanos mostraron mayor predisposición que los griegos para sistematizar el saber. Inicialmente lo hicieron en manuales inspirados en el modelo griego, pero con el tiempo estos manuales fueron extendiéndose y se convirtieron en tratados voluminosos. Algunos autores, como Varrón, Celso, Plinio el viejo, escriben verdaderas enciclopedias de todas las ramas del saber, en algunos casos con colaboradores.

Plinio critica la educación de su época:

“Actualmente un individuo es capaz de aprender una serie de hechos sobre su propia región a partir de los textos de gente que jamás ha estado en ella, y no ya a partir del conocimiento de los nativos ... lo cierto es que no se hacen investigaciones originales que aporten contribuciones nuevas al conocimiento; en realidad, ni siquiera los descubrimientos  de nuestros predecesores son estudiados cabalmente” 290

 

Plinio fue un investigador activo y fueron precisamente sus ansias de conocimiento las causantes de su muerte: perdió la vida al aproximarse en exceso al Vesubio en erupción con el fin de poder observar los fenómenos volcánicos. En esta misma erupción del Vesubio perecieron las ciudades de Pompeya y Herculano.

 

Aelio Donato, el gramático más importante de su tiempo, introduce una innovación notable en la enseñanza: su Ars minor (pequeño manual) está organizado en una serie de preguntas y respuestas destinadas a aprender de memoria los contenidos fundamentales:

¿Cuántas son las partes de la oración? Ocho

¿Cuáles son? Nombre, pronombre, verbo, adverbio, participio, conjunción, preposición e interjección.

¿Qué es un nombre? Una parte de la oración que designa, según los casos, a un persona o cosa de forma específica o general.

¿Cuántos son los atributos del nombre? Seis

¿Cuáles son? Cualidad, comparación, género, número, forma y caso. (Bowen 291)

 

Esta forma metódica de enseñanza es una de los primeros textos escritos de lo que después se llamaría el catecismo.

 

En posteriores siglos del imperio, el tratado sistemático o compendio se había convertido en un rasgo distintivo del saber romano. En sus orígenes, en tiempos de Platón y Aristóteles, fue motivado por el supremo ideal de ordenar los conocimientos, pero la moda de los compendios en Roma se fue convirtiendo en una costumbre rígida y estéril. El efecto que produjo fue que, al ordenar de esa manera el conocimiento, a falta de auténtica investigación, pasó a convertirse en la fuente de información y a ser reverenciado como tal. Para los romanos de los siglos IV a VI, el compendio lo era todo. Las artes liberales clásicas, primitivamente derivadas de la experiencia y la especulación, quedaron formalizadas y fueron enseñadas en cuanto a tales: como masa de información que era preciso aprender aun cuando no se percibiera su pertinencia ni se aplicaran sus valores.

 

Los romanos retoman el concepto griego de enkyklios paideia, la enseñanza basada en la investigación y la discusión de todo el ámbito de los estudios. Ciertos autores, como Quintiliano y Plinio latinizaron el término y acuñaron la palabra encyclopaedia, que servía también según ellos para designar una educación general. Pero en el siglo VI toda la enseñanza romana se reducía a una memorización del contenido de los compendios. No se tenía en cuenta la justificación del carácter educativo   de las artes liberales como aproximación global al conocimiento, que proporciona tanto los medios de organización (trivium: gramática, retórica y filosofía) como el contenido dentro del cual se organiza sistemáticamente el conocimiento (quadrivium: aritmética, geometría, astronomía y música). Mucho más adelante, en el siglo XVI, cuando se produjo un resurgir del interés por semejantes compilaciones, se aplicó el término latino de encyclopaedia a los propios libros. De hecho, la educación romana era enciclopédica en el sentido peyorativo de la palabra, por su naturaleza y su contenido. Y así había de perdurar en los países occidentales. (Bowen, pág 293)

 

La educación en el bajo imperio (siglos II a V) 294

 

Todo este proceso decadente ejerció sobre la educación un impacto muy fuerte. Los estudios quedaron fijados. Los libros eran de escritorcillos de segunda categoría o bien los compendios, que proporcionaban gran cantidad de material organizado sobre cierta base. Acerca de estos métodos formalistas cuenta Juvenal:

“... uno a uno van levantándose (los chiquillos) y cada uno repite literalmente lo que acaba de leer atentamente en su sitio, recitando exactamente las mismas cosas en los mismísimos versos. Servido una y otra vez, masticado y vuelto a masticar, este refrito (crambe) es la muerte del desgraciado maestro.

 

Puesto que ahora se veían forzados a aprender, preciso era interesarse por los métodos de motivación extrínseca que pudieran obligarles a ello. Un liberto se hizo famoso por organizar competencias entre los niños del mismo nivel, ofreciendo premios. Estas situaciones se acentuaron durante los siglos siguientes hasta el siglo VI, continuando con los mismos métodos. Una pintura del norte de Italia, en Imola, muestra a Casiano, un maestro cristiano, víctima de una decisión del juez cuando no se desdice de su fe, es entregado a sus alumnos, maniatado y martirizado por ellos, que le escriben sobre la piel con sus punzones de escribir, lo golpean con sus tablillas de escribir, etc. Según cuenta Prudencio, el espectáculo terminó con la muerte de Casiano, aunque no hay forma de verificar la veracidad de la historia.

En definitiva, ya en el siglo III Roma había dejado de tener la iniciativa en el campo de las ideas; las primeras innovaciones de importancia en educación vendrían desde Oriente, por donde se había extendido considerablemente el cristianismo. Roma iba a revivir gracias a sus doctrinas.

 

Glosario

Ingenui. Libres de nacimiento, en oposición a los libertos o esclavos liberados

 

Juvenal, Décimo Junio. Poeta de finales del siglo I y principios del siglo II. Contemporáneo de Quintiliano. Se le conocen 16 sátiras o poemas satíricos, abarcando un conjunto enciclopédico de tópicos de todo el mundo romano. Las Sátiras son una fuente vital para el estudio de la Antigua Roma desde un vasto número de perspectivas, su forma de expresión cómica e hiperbólica hace problemático el tomar sus afirmaciones al pie de la letra. A primera vista, las Sátiras pueden leerse como una crítica brutal de la Roma pagana, quizá por este motivo pervivió en los scriptoria monásticos cristianos, un cuello de botella en la conservación donde gran parte de los textos antiguos perecieron.

 (Bowen pp 294)

Libertini o libertos. Ver manumisión

Manumisión. Proceso de concesión de libertad a un esclavo, tras lo cual éste se convertía en un hombre libre o, incluso, en un ciudadano romano con plenos derechos. Fue una práctica común en Roma y sus territorios desde la República al Imperio, a lo largo de su historia. Un esclavo, por afecto, favores prestados, méritos, cualidades personales, buena voluntad del propietario, podía convertirse en liberto e incluso ser aceptado e incorporado a la alta sociedad romana, como es caso de algunos libertos imperiales, que por el sistema de promoción social, así como por su excepcional riqueza o experiencia, alcanzaron la cima de la escala social llegando a desempeñar cargos políticos gracias al apoyo de la aristocracia romana. Pero lo más habitual era que se les siguiera viendo como siervos, no permitiéndoles olvidar su pasado, y la mayor parte de ellos pasaron a formar parte de la plebe y con ello la necesidad de ganarse la vida con su trabajo, por lo que muchos de ellos siguieron trabajando para sus anteriores propietarios, ahora patronos. Ver también Bowen 271

Ordo Equester (Orden equestre). Clase social de Roma. Frecuentemente sus miembros – équites o caballeros – eran publicanos. A través de la historia este estrato fue cambiando en dignidad y costumbres. En la época imperial, los equites tenían derecho a llevar el angusus clavus: las dos franjas de púrpura en la túnica como símbolo de su posición. En tiempo de la monarquía, los ciudadanos muy ricos podían equiparse con dos caballos, animal muy estimado en la época y que resultaba muy caro de mantener. Sólo podían llegar a ser caballeros los hijos de padres libres y que alcanzaran buena posición económica. La elección se solía hacer entre las familias más antiguas. Así se formaron las centurias de los caballeros.

Prudencio, Aurelio (385-ca. 405). Apologista cristiano

Publicano. El elevado coste de las empresas militares llevó a Roma a recurrir a la ‘iniciativa privada’. Los publicanos eran una institución de origen helenístico que tenían arrendado un servicio comunitario (publicum) que podía tratarse desde la adjudicación de contratos de obras públicas al cobro de algún impuesto. Durante la expansión territorial de Roma las regiones y provincias conquistadas debían pagar un impuesto que se sacaba a pública subasta. El Estado cobraba de manera anticipada la cantidad estipulada y los adjudicatarios tenían que recaudar directamente los tributos. La escala de sus actividades aumentó considerablemente desde finales del siglo III a.C. puesto que, además de los contratos que les implicaban en las explotaciones de las minas -como las de Hispania y Macedonia -, las necesidades y la recaudación habían aumentado enormemente después de las Guerras Púnicas y el numero de tropas legionarias casi alcanzaba los 50.000 hombres por año. Parece, además, casi seguro que las actividades de los publicanos en las provincias incluyeron también iniciativas comerciales. Las societates publicanorum iban controlando los contratos estatales de abastecimiento y obras públicas, así como la recaudación de impuestos en las provincias.  Tomado de artehistoria 30.4.2009 en sitio: http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/768.htm

Suetonio, Cayo. (70-140). Escritor romano; su obra capital fue “La vida de los Césares”, serie de biografías de los primeros doce emperadores, desde Julio César a Domiciano, narración que brinda una gran cantidad de datos sobre la vida privada y el gobierno de los emperadores romanos, aunque en ocasiones se centra más en cuestiones superficiales, y en algunos casos escandalosos, que en un estudio profundo de los hechos históricos. Pese a ello, este libro fue muy popular durante la Edad Media, en especial por su estilo de escritura fluido y llano, libre de artificios. La influencia de Suetonio es grande en la literatura. Shakespeare toma muchos de sus datos para componer su tragedia Julio César.  La obra está disponible en internet (ver más abajo)  

Vespasiano, Tito Flavio Sabino (9 dC- 79 dC) General romano, luego emperador. Atacó Judea, pero aceptó la amistad y consejos de Josefo, a quien recompensó y protegió.

 

Bibliografía y material complementario

BERNARD SHAW, George: César y Cleopatra (obra teatral)

JUVENAL, Decio Junio (1991): Sátiras. Madrid: Editorial Gredos

QUINTILIANO, Marco Fabio (96 dC): Institutio oratoria. (Se puede encontrar en internet la obra completa en el sitio: http://es.wikisource.org/wiki/Instituciones_oratorias

ROLDÁN HERVÁS, José Manuel (1999): “La caída del imperio romano”, Recuperado el 29.04.2009 de la World Wide Web en el sitio: http://publicaciones.ua.es/filespubli/pdf/LD84790846692302271.pdf . Discute la película de Mann y la historia real, constituyendo un libro en formato electrónico muy completo. Publicación: Universidad de Alicante.

Suetonio Tranquilo, Cayo (1992). Vida de los doce césares. Obra completa. (en 2 volúmenes)  Madrid: Editorial Gredos. La edición electrónica puede encontrarse en el sitio: http://www.biblioteca-tercer-milenio.com/sala-de-lectura/Clasicos/Suetonio/Door.htm.

WILDER, Thornton (): Los idus de marzo. Novela histórica escrita en forma epistolar, alabada por Borges. Este admirable relato, escrito con ironía y escepticismo, se propone mostrar, sobre el inventado transfondo de uno de los más importantes virajes en la evolución de la civilización occidental, la capacidad de los hombres tanto para el heroísmo, la generosidad y la virtud como para el egoísmo, la traición y la deslealtad. La reconstrucción histórica no figura entre los propósitos primarios de esta obra, que podría calificarse como una ficción sobre determinados hechos y personas pertenecientes a los días postreros de la República Romana.

MANKIEWICZ, Joseph L (1953): Julio César. Con Marlon Brando, James Mason. El guión es una adaptación de la obra de Shakespeare. Fue nominada a cinco Oscar, de los que ganó uno.

MANKIEWICZ, Joseph L (1963): Cleopatra. Con Elizabeth Taylor, Richard Burton, Rex Harrison. Nominada a ocho premios Óscar de los que ganó cuatro.

SHAKESPERARE (): “Julio César” (Tragedia). Lecturas tradicionales de la obra sostienen que Casio y los otros conspiradores son motivados por la envidia y la ambición, mientras que Bruto es incentivado por causas honoríficas y de lealtad a la patria. Otros sugieren que el texto muestra que Bruto no es menos movido por la envidia y la adulación que el resto.  Uno de los pilares centrales de esta producción, es que sus personajes se resisten a ser categorizados como simples héroes o villanos. Eso también ha motivado críticas hacia el dramaturgo, quien no parece defender vigorosamente la figura de JC ni condenar sin más a sus asesinos. La obra refleja la ansiedad general de Inglaterra sobre la sucesión del liderazgo. La reina Isabel I se encontraba desgastada y se podía entrever una posible guerra civil, similar a aquella que se levantó en Roma tras la muerte de JC.

YOUNG, Roger (2003): Imperium: Augustus. Con Peter O’Toole.

VVAA (2005) Roma. Serie para la TV, varios capítulos. Ofrece una excelente recreación del clima de la época sobre la que se tejen las intrigas de los políticos.

Roma: Caída del Imperio Romano (Doblado al español) (serie: ‘Caída de los grandes imperios’) canal Historia (Orig.: The fall of great empires: Rome, History channel).