Seguidores y subscriptores


HISTORIA DE LA EDUCACIÓN


23 mayo, 2007

Conservadurismo o Innovación



GEYMONAT, Ludovico (1994): El pensamiento científico. (14º ed. De la 3ª edición italiana de 1958) Bs. As.: Eudeba Cuadernos.(resumen de algunos párrafos y comentarios efectuados por J.C. Paradiso)
Fidelidad al pasado y exigencia innovadora (cap. V: pp 27-33) Foto: Catedral de Chartres
Con la decadencia general de la sociedad europeo-mediterránea, desde el punto de vista económico, político, etcétera, también la cultura de Occidente sufrió una crisis larga y muy grave que duró casi un milenio. Los científicos y los filósofos limitaron su tarea a estudiar y transmitir los resultados logrados por las generaciones anteriores, sin esforzarse por aportar nada original.
Hubo un temporario y limitado retorno a los estudios en el siglo IX, en la corte de Carlomagno y de sus sucesores. Pero fue en el siglo XI y XII cuando las condiciones generales de la sociedad favorecieron intereses culturales, que se dirigieron a recuperar el patrimonio perdido.
A partir del siglo XI reaparecen dos desarrollos: uno destinado a recuperar la herencia clásica y otro a investigar y realizar descubrimientos. Ambos fueron necesarios.
Resultaría un error identificar la fidelidad a la ciencia clásica con la pasividad cultural absoluta. Para Geymonat ‘Aún en los casos en que tal estudio partiese del supuesto de que en los textos antiguos estaba toda la verdad y que por lo mismo no había que buscarla en el libre ejercicio de la razón y la observación, fueron necesarios … mucha energía, mucho espíritu de iniciativa, mucha agudeza de ingenio, para interpretar los textos estudiados y aplicar las verdades que contenían’ (pag 28). Y la reabsorción del pensamiento científico de los antiguos constituyó con frecuencia una magnífica ejercitación de rigor, seriedad y conciencia crítica.
Después de la profunda crisis cultural, el renaciente interés por los clásicos greco-latinos y el llamado a su autoridad, ofrecieron a los estudiosos de la época el recurso más seguro para refirmar los derechos de la razón contra la fe. Las polémicas entre los ‘platónicos’ de la escuela de Chartres y San Bernardo son significativas de esta lucha.
Los de Chartres sostenían el derecho de acudir a Platón cuando éste exponía algo que no se encontraba en la Biblia:
"Nada nos asegura que todo el saber se encuentre en la Biblia y que por lo tanto, todo lo que no está escrito en ella deba resultar necesariamente contrario a la revelación y, por ello, erróneo"
Si en otras épocas la referencia a Platón pudo tener un significado conservador, en esta polémica tenía función revolucionaria.
Imitar a los antiguos se convertía en la tarea del hombre culto. Para muchos todo estaba contenido en los textos clásicos. El redescubrimiento de esos tesoros aumentaba cada vez más la autoridad de los clásicos y proporcionaba armas contra todos aquellos que denigraban el poder de la razón.
El programa de imitación en muchos casos se transformó en un programa de superación, si bien extremadamente respetuoso. Podemos leer en las enseñanzas de un maestro de Chartres:
"Somos como enanos trepados en las espaldas de gigantes; y de ahí que podamos ver más cosas que ellos y más lejos, no porque nuestra
vista sea más penetrante que la de ellos, sino porque somos transportados por ellos y nos hallamos a mayor altura merced a su talla de gigantes" (pag 29)
Pero para los mediocres la ciencia clásica era un dogma intangible, algo muerto incapaz de nuevos desarrollos. Por ellos el estudio del pensamiento antiguo pudo aparecer como un obstáculo que debía combatirse. Esto para los fermentos renovadores que se negaban a su conservadurismo, la pasividad, la imitación pura, la repetición, la apelación a la autoridad ajena. Pero eran distintos a quienes se oponían al pensamiento clásico desde la tradición mística.
Estas posiciones reaparecen en casi todas las épocas agitadas.
Así como la escuela de Chartres – con su retorno a la antigüedad clásica – aparece como revolucionaria frente a San Bernardo, en el siglo XII la escuela es combatida por las direcciones hiperdialécticas, exigiendo una mayor originalidad en la investigación, negando los dogmas de los antiguos.
Juan de Salisbury, obispo de Chartres, uno de los hombres más cultos, firmemente convencido del valor de la tradición clásica, siente tal aversión por la arrogancia de estos innovadores, que se niega incluso a transmitirnos sus nombres, limitándose a calificarlos peyorativamente como ‘cornificianos’ usando el nombre de un contestatario antiguo. Los cornificianos perdieron la partida. Pero toda la energía gastada contra aquéllos se convierte involuntariamente en el mejor testimonio de la importancia del movimiento.30
Pero el espíritu innovador reaparece muchas veces. En el siglo XVII darán otra batalla contra los principios de la tradición de Arquímedes, el más grande de los matemáticos de la Antigüedad. Los innovadores proponen un método más abierto, intuitivo, que en realidad no era una ciencia rigurosa (fue acusado de ‘gaya ciencia’) y predisponía a errores. Pero el nuevo método predisponía la fe de la mente humana en sí misma, impulsaba nuevas búsquedas y lo llevaba a enfrentar nuevos problemas. Su ligereza científica se transformó en un factor de progreso. Contenía un error lógico, pero un error feliz, dada la fecundidad que reveló.
Los dos impulsos contrarios de conservación e innovación están presentes en todas las épocas de gran desarrollo del pensamiento científico. Representan dos exigencias fundamentales de ese pensamiento, que por una parte debe atesorar la herencia (asimilando métodos y resultados) y por la otra debe sentir el impulso de la investigación. Ni el uno ni el otro pueden eliminarse. Ninguna ciencia puede adquirir madurez si no supiese satisfacer a ambos. Aun en su oposición dialéctica son necesarios el uno al otro.